Óscar Vela Descalzo

El Dictador

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18 de December de 2012 00:01

Resulta curioso que la figura del dictador, aquel ser para unos elevado a deidad y para otros sea demonio subterráneo, tenga origen constitucional en la antigua Roma, hacia el año 500 a.c.

En efecto, la Constitución Romana de aquel año dispuso que, en caso de producirse una emergencia o estado de excepción, entraría en marcha un mecanismo político por el cual una especie de rey temporal afrontara la situación de forma transitoria, sin ningún tipo de trabas de parte del Senado.

Durante el tiempo que duraba su mandato, la palabra del rey era considerada ley. De hecho el origen del vocablo Dictador proviene del latín Dictator, que significa “El que ha dicho”. Así, el dictador de la antigua Roma, nombrado por el propio senado por tiempo limitado a la emergencia, estaba dotado de una absoluta e inapelable capacidad de decisión, salvo en lo que afectaba al erario público –del que no podía disponer sin aprobación del Senado-, y de su salida de Italia, que le estaba prohibida durante su mandato.

En el año 459 a.c., el general Lucio Quintio Cincinato fue nombrado dictador para afrontar una amenaza de guerra contra Roma. Marchó Cincinato al campo de batalla, y luego de haber vencido, a los dieciséis días, volvió para renunciar a su cargo.

Los problemas con el famoso cargo de “dictador” devinieron pronto, cuando Sila y Julio César decidieron proclamarse dictadores perpetuos, asumiendo todos los poderes y contradiciendo la norma constitucional. Tras la muerte de Julio César, en el año 40 a.c, se abolió la institución del dictador bajo el gobierno de Marco Antonio.

A lo largo del tiempo, las letras, la pintura, la escultura, la música, y por supuesto, las ciencias políticas, han llenado espacios inconmensurables con esta enigmática figura. Con mucha razón, el Premio Nobel de literatura, Octavio Paz decía: “Toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo”.

La estampa del dictador, a partir de nuestra era, ha girado en torno a la personalidad magnética de un individuo que presume casi siempre de su origen divino; un personaje normalmente egocéntrico que arrasa con la división de poderes y somete a las instituciones políticas bajo su puño; un ser que, con demasiada frecuencia, utiliza la fuerza y la coerción contra sus enemigos y se muestra magnánimo y extremadamente generoso con sus fieles; un hombre de carácter mesiánico que pretende trascender en la historia por la fuerza de sus acciones y no precisamente por la inteligencia y bienestar común que generan sus decisiones; un gobernante que, en ejercicio de su poder, suele descubrir una múltiple personalidad con rasgos evidentes de soberbia, vanidad o ambición, cuando no, claros y notorios síntomas de locura.