León Roldós

En días, regresaré

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9 de julio de 2014 00:00

Gonzalo Rosero, radiodifusor comprometido con la democracia y la verdad –El presidente Jaime Roldós, a inicios de 1981, destacaba su ética, profesionalismo y patriotismo-, días atrás, hizo saber de un problema de salud que intento superar.
Mensajes y llamadas de solidaridad se derivaron de dicha información, lo que me lleva a escribir estas líneas para que los lectores conozcan la dimensión del problema.

Una hipertrofia congénita del septum en el corazón, unida a otros factores producto de la edad, me ha agudizado un problema cardiaco y circulatorio, generando un episodio que pudo llegar a ser fatal, el reciente mayo.

El riesgo va desde la falta de adecuada oxigenación, con las secuelas que esto puede generar, hasta la posibilidad de muerte súbita.

Posiblemente será necesario un procedimiento invasivo para superar el problema. Confío plenamente en la medicina ecuatoriana, pero parece bueno ver la posibilidad de otras opciones para superarlo. Por esta razón, la decisión de visitar un centro especializado, antes de la definición que debe tomarse, para luego regresar al Ecuador.

Soy un ser humano con debilidades y fortalezas, comprometido en superar miserias humanas, expresadas en egoísmos y envidias, en resentimientos individuales y sociales, en venganzas, represalias y persecuciones, en odios y descalificaciones, en soberbias y prepotencias, en no saber comprender, peor perdonar -¡qué hermoso es hacerlo, sin condicionar ni esperar que a quien se va a perdonar, primero le pida perdón!-.

Tengo profunda fe en Dios y en la vida –para mí inseparables, respetando la no religiosidad de otros-. Con la orientación de Pepe Gómez Izquierdo y la proximidad a Leonidas Proaño y a Alberto Luna, fortalecí esa fe, con la que espero vivir y morir.
Y siempre en el Ecuador, la patria que me ha dado las mejores oportunidades, en lo positivo y en los reveses, fortaleciendo la serenidad de mi espíritu.

Ni soberbia para abusar en circunstanciales espacios de poder o dirección, ni amargura ni frustración cuando las cosas no salieron como se esperaban.
Aquí aprendí a trabajar desde vendedor de libros, antes de llegar a la mayoría de edad, hasta los espacios de docencia y de función pública, a más del ejercicio de la abogacía.

Iniciado por Magdalena Adoum en la Revista Nueva, tres décadas atrás, asumí el oficio de escribir y llego a los ecuatorianos en las columnas de medios impresos.

No sé guardar silencio cuando siento que mi deber es pronunciarme, pero de esto no hago ni haré herramienta de interés personal ni político. La época de activismo, con mis mejores recuerdos de principios y compañeros, quedó atrás.

Y aquí, en el Ecuador, están inseparables los seres queridos que se adelantaron en alcanzar la nueva forma de vida que supera a lo humano.