Diego Pérez

El diablo y sus devotos

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20 de May de 2012 00:01

Hace unas pocas semanas una señora muy instruida y muy educada –incluso sumamente leída y escribida, hasta con títulos y diplomas de universidades europeas- me dijo que, en su opinión, vivimos en una situación de dudosa democracia, pero que haciendo sumas y restas no importa, porque por fin alguien “hace cosas”. Como soy algo tímido en persona, mejor voy a especular un poco por escrito, si no les molesta.

Hacer cosas. Hacer algo. El fin y los medios. Generalmente es más fácil “hacer cosas” en un régimen de fuerza que en un régimen democrático, por la falta de oposición, es decir por falta de otras alternativas políticas, por el bloqueo al sistema electoral (generalmente caracterizado por la preminencia del partido único, por el moneo constante de las reglas de juego y por la complacencia de las autoridades) y por el solícito silencio de buena parte de la ciudadanía. También es más fácil “hacer cosas” cuando no hay ni división ni control del poder político, cuando no existe un poder legislativo deliberante que, además, sirva de contrapeso a los demás poderes, cuando al poder no le gusta rendir cuenta a la ciudadanía del uso de los dineros públicos y cuando las autoridades de control bailan al ritmo que les ponga el mismo poder.

Pónganse ustedes a pensar, amables oyentes, que buena parte de los regímenes de fuerza –guardando las distancias, las proporciones y los contextos- tienen y han tenido características y objetivos comunes: poner orden, derrotar definitivamente al enemigo político y, en fin, “hacer cosas”. Así, por ejemplo, los defensores del general Pinochet argumentaban que el golpe de Estado de 1973 era necesario para acabar con el desorden del gobierno “marxista” de Allende y para encaminar por la ortodoxia económica al país. Los que estaban con el régimen eran buenos; los que no estaban con el régimen eran enemigos. En escenarios históricos distintos, claro, en 1992 el ingeniero Fujimori disolvió el Congreso y reorganizó el Poder Judicial. En ese entonces Fujimori justificó el golpe de Estado porque era necesario para “realizar todos los cambios profundos” y que los otros poderes eran “freno a la transformación y al progreso.” Es decir, asumió todos los poderes para “hacer cosas” sin obstáculo y sin opiniones divergentes.

Sin dudas, siempre será más fácil aplanar y avasallar que construir puentes y caminos de diálogo, imponer que conversar, sojuzgar que entender, mandar que liderar con el ejemplo, ordenar que consensuar, carajear que escuchar. Para mí al menos el dilema ha sido resuelto desde hace mucho tiempo: es preferible vivir en tolerancia y en libertad que “hacer cosas”. Quedo de ustedes, muy atentamente.