Aura Lucía Mera

El día de los muertos

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Columnista invitada

Lo recuerdo como si fuera ayer....Viajé de Bogotá a Cayambe para estar cerca de la tumba de mi compañero del alma Domingo Dominguín.
Antes de suicidarse había escrito a máquina su expreso deseo de ser enterrado en el cementerio de ese pueblo que tanto amó.

Recuerdo la noche de su entierro, la procesión de indígenas con velas encendidas a la vera de la Panamericana hasta el cementerio.
También recuerdo que el cura de la época se negaba a darle cristiana sepultura, por tratarse de un suicida. No sé cómo lo convencieron... todo tiene un precio....

Prefiero recordar aquella mañana, pocos años después salí de “el Ranchito”, la finca que habíamos bautizado él y yo “Aracataca” en honor a ese realismo mágico de Gabriel García Márquez, que es cotidiano en esa región por donde pasa la línea ecuatorial y su latitud es 0.0.0...

Esa finca ahora es propiedad de esa familia adorable, los herederos de Manolo y Avelina Cerezo, esa pareja de salmantinos que atravesaron el atlántico recién casados para ser los mayorales de la ganadería de lidia de don Luis de Ascazubi.

Madrugué y caminé los tres kilómetros.
El Cayambe estaba despejado y un cielo azul sin nubes resplandecía el horizonte. Llegué al cementerio y me senté al borde de esa tumba grande preciosa como un jardín siempre lleno de claveles.

Cerré los ojos...Un olor a rosas y unos cánticos me sacaron de mi meditación y cuando los abrí creí que alucinaba...

Una procesión de cayambes con sus mejores atuendos, seguía al sacerdote que esparcía incienso, las mujeres con canastas repletas de pétalos de rosas cubriendo cada montículo de tierra, donde reposaban los cuerpos de sus seres queridos, acompañando el desfile con canciones entonadas casi en susurros....

Este sincretismo de culturas y tradiciones, este recogimiento espiritual, este ritual majestuoso en su humildad devota, me reconcilió con la vida y la muerte...

Recibí en mis manos pétalos de todos los colores, entregados con amor por otras manos campesinas curtidas de viento y de sol.
El olor a incienso se mezclaba con el aroma de las rosas....

Cuando se terminó el recorrido, ese cementerio recostado sobre el coloso nevado, estaba cubierto de flores y las familias se fueron agrupando alrededor de sus tumbas, adornadas con cruces rústicas y coronas de flores artificiales de todos los colores.

Sentados iniciaron sus conversaciones y brindaron y comieron con sus seres... colada morada, chicha, maíz... y muchos diálogos...mucho amor... muchas historias todavía por compartir...

Los muertos nunca mueren... siguen para siempre vivos en nuestros corazones...
el amor es eterno...no se agota!