Antonio Rodríguez Vicéns

Desencuentro: Kafka y Sándor Márai

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 2
Sorprendido 8
Contento 9

Entre los escritores centroeuropeos cuyas obras he recomendado con frecuencia -Wladislaw Reymont, Robert Musil, Stefan Zweig, Hermann Broch, Joseph Roth, Elías Canetti, Emil M. Cioran, Lajos Zilahy, Thomas Bernhard-, Franz Kafka -nacido en 1883- y Sándor Márai -nacido en 1900- ocupan un lugar de privilegio. ¿Por qué los vinculo en este artículo? ¿Hubo alguna relación entre los dos? La he descubierto casualmente, mientras releía al recién fallecido Imre Kertész, cuya novela ‘Sin destino’ he comentado en esta columna. En una conferencia titulada ‘Patria, hogar, país’, dictada en 1996 e incluida en su libro ‘Un instante de silencio en el paredón’, Kertész comentó que Sándor Márai había traducido al húngaro algunos relatos del gran novelista checo.

Kertész, que calificó a Márai como “uno de los mejores y más interesantes escritores húngaros modernos”, al recordar su largo exilio y la prohibición de mencionar su nombre en su propio país durante cuarenta años, afirmó que fue uno de los primeros en reconocer la importancia y valía de Kafka y que en 1922 tradujo y publicó algunos de sus relatos. “Cuando Kafka se enteró de ello, enseguida protestó por carta a su editor Kurt Wolff y le señaló que tenía reservada la traducción de sus obras al húngaro a su conocido y amigo Robert Klopstock”, un aficionado a la literatura que, “de hecho, ejercía la profesión de médico y cuyo nombre aparece más tarde en los círculos literarios de los alemanes emigrados a los Estados Unidos”.

¿En qué documento basó Imre Kertész su comentario? He ubicado el corto texto de la carta que Kafka envió a su editor, Kurt Wolff, el 21 de octubre de 1922. Le manifestaba que, por casualidad, a través de terceros, se había enterado de que tres de sus relatos, ‘La metamorfosis’, ‘La condena’ y ‘El fratricidio’, se habían publicado, traducidos al húngaro, en periódicos de la ciudad de Kaschau, hoy Kosice, en Eslovaquia. “El traductor es el escritor húngaro Sándor Márai, residente en Berlín.

¿Estaba usted al corriente de esto? En todo caso les pido que a partir de ahora el derecho de traducción al húngaro quede reservado al literato húngaro y buen amigo Robert Klopstock, quien a buen seguro realizará exquisitas traducciones”.
Imre Kertész expresó que había contado esa anécdota para demostrar “con qué facilidad y hasta premeditación elegimos para nosotros al intérprete equivocado”, y “tal vez para proyectar luz sobre un hecho: la ley de nuestro mundo es el error, el malentendido, el no-reconocimiento del otro”. “La historia -concluyó Kertész con corrosiva ironía- es como si el Kafka de carne y hueso de pronto se hubiera pasado al mundo ficticio de alguno de sus relatos. Para que se entienda: es como si yo, al enterarme de que Thomas Mann acaba de traducir uno de mis libros al alemán, comunicara a mi editor que confío más en mi médico de cabecera, el cual chapurrea un poco en alemán”.

arodriguez@elcomercio.org