Sebastián Mantilla

Democracias débiles

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8 de February de 2012 00:01

Hace poco acaba de aparecer un artículo que dice mucho de lo que sucede en América Latina en términos políticos. El ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz, Oscar Arias, ve con preocupación que la democracia en la región se esté debilitando de manera progresiva y que en algunos países se haya dejado de comprender la urgencia de preservar el Estado de Derecho.
Algunos gobiernos han caído en la trampa de creer que el logro de un amplio apoyo electoral es sinónimo de poder sin límites.

Para Arias, el hecho de que no se respete el Estado de Derecho y se interprete de manera sesgada el respaldo electoral estaría llevando a que se coarten las garantías individuales, limitando la libertad de expresión y de comercio, minando con ello las bases de la democracia.

El caso del Ecuador es un ejemplo que calza perfectamente dentro de la caracterización que ha hecho el presidente Arias.

Si antes uno de los problemas característicos de nuestro país fue la constante inestabilidad política, lo que tenemos ahora es todo lo contrario. Sin temor a equivocarme, podría afirmar que tenemos un gobierno estable con una democracia débil.

La excesiva concentración del poder y la intervención por parte del ejecutivo en otras funciones públicas ha llevado a que en el Ecuador no exista Estado de Derecho.

Lo que acabó de suceder ayer en lo que respecta al juicio contra los periodistas Juan Carlos Calderón y Christian Zurita es bochornoso. Al igual que el caso El Universo es un ejemplo claro de la injerencia del Ejecutivo en la Función Judicial.

La expectativa y esperanza que generaron los cambios en el sistema de justicia se han tirado por la borda. La politización de la justicia esta derivando en criminalización de la libertad de expresión.   

Sin embargo, todo lo que presumía con anterioridad se ha hecho realidad. El Presidente tiene cuentas que cobrar con la prensa y no va a descansar hasta doblegar y poner a su merced al periodismo crítico e independiente.

Mientras esto sucede, llama mucho la atención, la indiferencia no solo del pueblo llano sino incluso de las clases medias y acomodadas. Pocos son quienes están dispuestos a defender las libertades. La fuerza corrosiva del poder parece no tener límites. La democracia en la región se está convirtiendo en una forma corrompida de gobierno y de sociedad.  
 
En este escenario, me pregunto: ¿Cuán cierto es lo que afirma Arias? ¿Qué va a pasar cuando las bases de la democracia queden pulverizadas por la indolencia de la población y el abuso de las autoridades? ¿Cuáles serán entonces los motivos para creer en la política? ¿Por qué no somos realistas y afirmamos que nunca supinos lo que significa ser realmente libres?
smantilla@elcomercio.org