Gonzalo Ruiz

Esa delgada línea roja

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La frase de una línea roja infranqueable fue revivida por actores de una facción política en la que ya parece dividido el bloque legislativo de AP.

Enseguida la memoria refrescó el tenso argumento de una película de guerra que se presentó en el Festival de Berlín en 1998.

El filme trataba de las angustias del soldado Witt en la batalla de Guadalcanal, en la II Guerra Mundial. Todo, vivido en la mente afiebrada, en el miedo, en la soledad del frente de guerra, sin cruzar esa línea roja que puede separar la vida de la muerte. Más allá, en la selva tropical, los habitantes de la isla- campo de batalla, vivían en paz.

El uso reiterado de la advertencia en la política nacional de estos días nos lleva a buscar explicaciones. Repasando con cierta curiosidad las raíces del concepto, las referencias llevan a la guerra de Crimea en 1 856. La línea roja era aquella de los soldados británicos y sus uniformes colorados. Otras opiniones atribuyen a los manómetros que miden la presión de los motores de caldera cuando el vapor y la alta temperatura podrían provocar un estallido. La línea roja no se debe traspasar.

Las metáforas vienen bien en estos tiempos en que algunos ovejunos se despojan de sus vestimentas y actitudes sumisas y los lobos aúllan en tono de desconcierto.

Si la línea roja es aquella que no se ha de cruzar bajo peligro de muerte en el combate, su alusión es síntoma de una práctica de la política, como la continuación de la guerra por otros métodos, donde el rival sigue siendo enemigo y la lucha de clases, que dejó división y polarización extrema, sigue siendo el anacrónico discurso de quienes añoran el poder total y la ausencia de una cultura democrática que, en el diálogo y el respeto a las opiniones ajenas, tiene fundamento y sustento para vivir en sociedad. O hasta discrepar civilizadamente.

El liderazgo del pasado reciente veía en la búsqueda de consenso una debilidad, en el diálogo un signo de disidencia, en la libertad una peligrosa ruptura del dique autoritario que marcó una década de la vida nacional. Era preferible vivir agitando los corazones ardientes, látigo en mano, usando y abusando de los medios que el poder se incautó y construyó, sin espacio a opiniones distintas y sin resquicio a disidencias castigadas con el ostracismo político.

Pero la verdad es que las líneas rojas, como sucede en las películas o en los frentes de batalla, no duran toda la vida, se perforan, suelen subsistir mientras haya parque, abastecimientos suficientes para mantener el combate a fuego sostenido pero se debilitan y terminan sometidas cuando quien sostiene pierde vitalidad y sustento moral.

Si los ‘comecheques’, los contratos entre privados, los primos que se van a una boda al imperio y no vuelven, las promesas incumplidas de mantener intacto el Yasuní para luego sucumbir al pragmatismo ‘por unos dólares más’( como el título de otro film), no fueron considerados como transgresiones a la línea roja de los principios y las proclamas de las manos limpias, a los argumentos de hoy se les cayó la estantería.