Manuel Terán

Declive

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Alertar sobre hechos acaecidos en el pasado a personas que no han vivido esas experiencias, anunciando el riesgo que similares eventos pudiesen repetirse, coloca a quien relata esos acontecimientos en una incómoda situación.

Las personas siempre desean escuchar mensajes que les levanten el ánimo, que les brinden la posibilidad -así sea por segundos- de esquivar la realidad, más aún si la misma no es lo suficientemente auspiciosa. Ante los nubarrones que se perfilan en el horizonte, el evadirse al menos permite unos instantes de una falsa tranquilidad.

Eludir lo inminente en este contexto resulta, de manera falaz, liberarse de culpas y responsabilidades así sean por omisión. En tal escenario convertirse, a través de activar el mecanismo de la memoria, en el sujeto que les recuerda dolores y calamidades que azotaron a gran parte de la población, no resulta para nada grato. Pero alguien tiene que hacerlo. Y, en las últimas semanas, se han producido hechos que ameritan repasar lo que fue una época delicada y las nefastas consecuencias que se desprendieron de esos acontecimientos.

Una crisis originada en numerosos factores derivó, hace 15 años, en una contracción económica del orden del 20%. En ese entonces se había llegado con dificultad y esfuerzo a alcanzar un PIB de alrededor de 20 000 millones; y, de la noche a la mañana el país se levantó a vivir otra realidad. La riqueza se había esfumado. Años de esfuerzo se fueron al suelo llevándose sueños y aspiraciones, dejando a la gente sin empleo, empresas quebradas, ampliando el universo de desocupados buscando ganarse el día a día en la calle.

Como medida extrema se adoptó la dolarización de la economía. No fue la panacea y estuvo estigmatizada por argumentos técnicos, pero fue una boya de salvación en su momento que, en relativo corto plazo, ayudó a la recuperación del país. Estar dolarizados imponía una serie de elementos que debían cumplirse; el fundamental: lograr que ingresen más dólares de los que salgan. Se vivió una bonanza petrolera que inundó de recursos a la economía, pero se produjo el fenómeno que los dólares salían con mayor velocidad que la que entraban. No fuimos capaces de retenerlos al interior del país.

Ahora, con un Estado ávido de divisas se toman medidas que hacen más difíciles los emprendimientos, con lo que no es lejano ver en el horizonte que la escasez se ahondará con un deterioro paulatino que agravará el actual estado de cosas. El riesgo de caer en una crisis como la de hace tres lustros se acentúa y nada se hace para lograr revertir esa tendencia que, por el contrario, parecería por momentos que se agrava. Hace falta una precisión. A Grecia, calculan los analistas, le tomará al menos 20 años para una recuperación total, país que a diferencia del nuestro cuenta con el apoyo financiero de la Unión Europea. ¿Repetiremos la experiencia de inicios de siglo? ¿Conseguiremos que acudan en nuestro rescate si nos pasamos casi una década arrojando improperios contra los países del Primer Mundo? ¿Qué tiempo nos tomará salir del sótano?