4 de January de 2011 00:00

Correa y el golpismo

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Antonio Rodríguez Vicéns

En su ‘Enciclopedia de la Política’, Rodrigo Borja Cevallos registra dos definiciones de golpe de Estado: la del francés Gabriel Naudé, que resume como “un acto realizado por el gobernante para reforzar su propio poder”, y la suya, como “un cambio violento de gobierno operado con transgresión de las normas constitucionales, cuyos actores son los propios gobernantes”. Estas dos definiciones, aunque ninguna puede ser completa ni abarcar todas las formas de golpes de Estado, reúnen como elementos esenciales y comunes los siguientes: es un cambio impuesto con violencia, implica “transgresión de las normas constitucionales” y sus “actores son los propios gobernantes”, que buscan reforzar su poder.

A lo largo de la historia, ningún golpe de Estado ha sido igual a otro. Sin embargo, en la misma acepción, Rodrigo Borja, luego de afirmar que la expresión golpe de Estado “ha modificado su sentido con el tiempo”, manifiesta que “en la literatura política se ha considerado como caso típico de ‘golpe de Estado’ el que consumó desde el poder Luis Bonaparte en Francia el 2 de diciembre de 1851”, que fue analizado y criticado por Marx, como debe recordar el lector, en ‘El Dieciocho Brumario’, publicado en 1852: en efecto, disolvió la Asamblea Nacional, convocó un plebiscito para ‘legitimar’ sus actos y “dio a Francia una nueva Constitución”.

Nuestra mala memoria política es crónica. Han pasado apenas cuatro años y ya hemos olvidado que el actual dictador de Carondelet consolidó su poder mediante un típico golpe de Estado: como no tuvo la anuencia inmediata del Congreso Nacional para convocar a una consulta popular, sometió al Tribunal Supremo Electoral con un asalto violento y delincuencial (hasta esta fecha la Fiscalía no ha investigado ni ha sancionado a sus actores), destituyó inconstitucional y arbitrariamente a cincuenta y siete diputados (sustituidos por los sumisos suplentes de los manteles), convocó a la consulta popular violando las normas constitucionales e impuso una Constitución, cuyo texto, en un acto formal e irreflexivo, ratificó el pueblo ecuatoriano.

Compare usted, lector, los procedimientos seguidos por Luis Bonaparte, el pequeño, y Rafael Correa, el grande: transgresión desde el poder de las normas constitucionales, realización de actos violentos para someter al Congreso Nacional (Asamblea), convocatoria a una consulta popular (plebiscito) e imposición de una Constitución con un texto aprobado tramposamente. Hoy, el dictador de Carondelet, que pretende transformar en conspiración y golpe de Estado una improcedente protesta policial, que se tornó violenta como consecuencia de su arrogancia desafiante, su imprudencia irresponsable y su histrionismo tragicómico, ha olvidado sus innegables antecedentes golpistas. ¿Es olvido o es manipulación y cinismo?

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