León Roldós

Confesión y perdón 

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lroldos@elcomercio.org

Confesar es revelar un hecho o conducta o una omisión. Pedir perdón conlleva admitir que se asume su responsabilidad, por las consecuencias que aquello causó o puede causar. La condición para que tengan valor la confesión y el pedido de perdón -y el propósito de enmienda que le debe ser inseparable- es que sean con conciencia y voluntad de expresarlo, no producto del temor a riesgos reales o imaginados.

Se cuestiona que en normas penales se condene a pedir disculpas, a quien los jueces declaran culpable, cuando no hay evidencia de la infracción ni la admisión voluntaria de que cometió un delito, sino por lo subjetivo del criterio judicial, que no debe considerárselo infalible, peor si aquel resulta de un actuar de corrupción, sea económica, sea de presión política. ¿Se puede comprender a quien se defiende declarando su inocencia, que tiene en su cuerpo evidencias de las condiciones de la privación de su libertad; y, luego declara admitir su responsabilidad?

Las reflexiones indicadas las formulo por la publicidad de que los jóvenes detenidos en movilizaciones de los días recientes de septiembre, al acogerse al juzgamiento abreviado que exige la admisión de la responsabilidad, al tenor del art. 635 del COIP, por ese sometimiento, ya admitieron libremente las infracciones de las que se los acusaba. Que algunos usaron violencia, puede ser. A los demás, por solo estar en las marchas -habrá quienes quizás solo por coincidencia estaban en el sitio- ¿eso los convirtió en cómplices?

El cuadro patético de lesiones producidas, el riesgo de que se prolongue su privación de libertad, la posibilidad de no poder seguir estudiando, la tacha de por vida de ser delincuente y el ruego de las madres de rodillas implorando perdón, aparentemente no constituyeron presión para la decisión de los jóvenes de asumir las responsabilidades de los que se les acusaba.

Aun cuando sea en épocas, magnitudes y actores diferentes, revisemos la historia.

Atahualpa, en Cajamarca, por hereje fue condenado a la hoguera, aceptó ser bautizado como católico, porque le hicieron creer que eso lo salvaba de la muerte, pero el 25 de julio de 1533 fue llevado al garrote vil –una especie de ahorcamiento, de entonces- acusado de “idolatría, fratricidio, poligamia e incesto”.
Galileo Galilei en sus estudios sobre el cosmos, sustentó que la Tierra no era el centro del universo –afirmación entonces de la fe católica- sino que se movía alrededor del sol. Fue juzgado por hereje por el Santo Oficio y ante el riesgo de ser condenado a muerte, juró que había faltado a la verdad, en documento escrito de su mano que le obligaron a leer palabra por palabra, el 22 de junio de 1633. Avisado que retractarse le había salvado la vida, habría murmurado “...y sin embargo – la Tierra- se mueve”.