Rodrigo Borja

Nuestro empequeñecido planeta

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Espacio y tiempo son las dos grandes dimensiones en que se ha desenvuelto la vida. Aristóteles sostenía que el espacio y el tiempo eran valores absolutos e independientes entre sí. Isaac Newton compartió esta afirmación. El físico alemán Alberto Einstein, a principios del siglo XX, estableció nuevas correlaciones entre ellos en el marco de su “teoría de la relatividad” y con su célebre ecuación “E=mc2” revolucionó las ideas tradicionales acerca del espacio, el tiempo y el movimiento.

Fundidos en una sola realidad, espacio y tiempo han sido las coordenadas que han señalado la posición geográfica, cósmica y planetaria de la vida del hombre y de todos los fenómenos conexos con ella.

Pero la revolución digital de nuestros días ha cambiado las cosas. Con la velocidad como el signo de los tiempos, ha suplantado la dimensión espacial por la dimensión temporal como el factor más importante para el desarrollo de la vida humana. La revolución informática ha “desterritorializado” las actividades sociales y ha impuesto en ellas la velocidad como el factor principal.

En consecuencia, aprovechar el tiempo se ha convertido en el factor clave del progreso.
Los avances exponenciales de la informática, de las comunicaciones satelitales y de los transportes han empequeñecido el planeta. Han emergido problemas que desbordan la capacidad de respuesta de los Estados y que demandan soluciones de escala internacional. Los Estados cuentan cada vez menos y sus gobernantes ni siquiera pueden enterarse de los movimientos y operaciones del capital financiero. El ámbito geográfico estatal es hoy menos importante que el tiempo como factor económico y social.

Dentro del ciberespacio -escenario artificial forjado por los ordenadores- la política, la información, las telecomunicaciones, la educación, la producción, las transacciones mercantiles, las operaciones financieras, la rotación de los capitales y otras acciones sociales, que antes tenían un referente territorial, han alcanzado velocidad de vértigo y escala planetaria a través de Internet. Se desarrollan en el ámbito transnacional e ilimitado del ciberespacio y escapan al conocimiento y control de las autoridades políticas estatales.

La revolución digital -que avasalla todo-ha suplantado la dimensión espacial por la dimensión temporal en todas las actividades humanas, ha impuesto la velocidad como el mayor valor estratégico de los tiempos actuales y ha modificado el rostro del mundo.

La triple “alianza” entre las telecomunicaciones, la informática y los transportes ha aproximado los puntos más distantes del planeta. Ha vencido las dificultades que antes le imponía la geografía. Y eso lo saben bien los actores políticos y económicos globales, a quienes no interesa la territorialidad, en el sentido estatal de la palabra.