Marco Arauz

¿Revolución del conocimiento?

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Varios hechos opacaron el discurso presidencial por los ocho años de Gobierno: el lanzamiento del libro en el cual el exjefe del Comando Conjunto de las FF.AA. cuestiona la teoría del golpe durante el 30-S; la pugna política por el control del Consejo Electoral; los ecos locales -y papales- tras la masacre de los caricaturistas de la revista francesa Charlie Hebdo, y el manejo de la crisis por la caída del precio del petróleo.

Se trata de una pieza en la cual Rafael Correa reflexiona sobre el papel de la ciencia y la innovación en la sociedad, algo que cobra mayor importancia al formar parte de un balance, después de ocho años de bonanza y frente a una crisis que cuestiona la continuidad del llamado proyecto revolucionario. Se explican, por eso, la concepción fundacional y la superioridad moral a las que nos tiene acostumbrados.

Veamos. “Lo que importa es el nuevo Ecuador donde nada ni nadie quiere que el pasado vuelva. (…) estudiantes de Yachay, cuando eran pequeños esta revolución estaba en camino. Sus padres conocieron la vergüenza y el entreguismo. Traíamos la resaca de la larga noche sin sueños. La patria que encontramos era destruida y sin rumbos (…), eso es solo un vago recuerdo. Hemos convertido al Ecuador en un país de oportunidades”. Visto así, el cambio no solo tiene unas fechas y un gestor determinados, algo parecido a la teoría creacionista, sino uno propósito inamovible. De hecho, los asesores escogieron para que lucieran junto a la marca “8RC” -que debieran patentar igual que la del “30-S”- dos frases reveladoras: “La revolución del conocimiento” y “Ecuador ya cambió”.

En esa lógica, lo único que cabría es defender un cambio que está en peligro. Pero el conocimiento y la innovación se mueven con unas lógicas que van más allá del dirigismo. Y eso nos lleva al fondo de la cuestión: este Gobierno ha hecho muchas cosas en la línea correcta, como por ejemplo identificar la educación -y la salud- como factores básicos para equilibrar la desigualdad de oportunidades, eliminar las universidades de garaje e impulsar, en verdad como nunca antes, la formación del talento.

Correa tampoco yerra cuando dice que el conocimiento sirve para pasar de la economía de recursos finitos –que ha servido para mantener altos subsidios y un gran gasto- a una economía de recursos infinitos; para mejorar la productividad. ¿Pero se puede decretar hacia dónde debe ir la innovación, y se puede prescindir de la iniciativa empresarial, como sucede cuando se habla de una ciencia “para el bienestar colectivo y no para las grandes corporaciones”?

El conocimiento -que no puede ser parte de un dogma- implica el respeto a la libertad de creación y de asociación, y sus motores son el Estado, la academia y la empresa privada. Esa ecuación es indispensable para que florezca la ciencia, incluso en paisajes tan soleados como la mitad del mundo.