Hugo Burgos

Quito en la posmodernidad

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Columnista invitado

Las fiestas de Quito, que conmemoraban 480 años de la ocupación española de una civilización amerindia después de breve y cruenta guerra de invasión a los Andes, de pronto nos hacía ver que el barroco refulgente de sus representaciones canónicas, el azul y rojo de su pirotecnia estrambótica, de querer reinventar las tradiciones del “chulla quiteño” o relamer la dulzura de los “pristiños”, era volatizado por olas de superficialidad que nos siguen llegando desde un mundo postindustrial a través de un capitalismo tardío. Es como que en Occidente asistiéramos al desplome de una “autoridad tradicional”.

Es una especie de remoción de valores barrocos, todo cuando la religión era importante, Dios era importante, el orgullo nacional, igual. Encuentra el mundo a Quito luchando entre un estado de sobrevivencia y un estado de bienestar. Quito sin embargo es una ciudad pujante, bonita y moderna; pero los vientos posmodernos, a veces no comprendidos, empujan a la región quiteña a soportar parches o “pastiches” de innovación, cuya lógica declara implantar los íconos del milenio, dejando pendiente a medio millón de mujeres analfabetas que luchan para sobrevivir.

Tres ventarrones entonces confunden a la antigua visión de sociedad barroca, que no es ni la urbe pobre del “tercer mundo” ni tampoco aquella de los amaneceres posmodernos. Uno, la ausencia de profundidad de la vida y su circunstancia. Veríamos que cada hogar tiene a uno de los suyos como inmigrante en la “yony”, quien traerá a los niños quiteños los héroes culturales de la neoglobalización, un ratoncito de Disney y su compañera la “mimi” o a una muñeca global, “barbie”, convertida en sueño de la niña alienada por el sistema. Pero hay mejoras, se anuncia que no faltan familias que tengan a sus hijos en Harvard, MIT o La Sorbona, Illinois, Londres, o San Petersburgo. Claro que a base de sacrificio o porque también son becados por el Gobierno.

El segundo golpe postmoderno es el debilitamiento de la historicidad y de la historia. La historia de los orígenes sigue alimentada todavía de fábulas. Los libros escolares muestran el metarrelato que Quito desciende de los Shyris, cuando el mundo ha descartado ya esta ficción, igual esperpento que Atahualpa tuviera origen local por su madre Pacha, cuando fue hijo de una “palla” no inca y gobernante inca que naciera durante las guerras fratricidas de Collasuyu frente a Chinchasuyu. Atahualpa sin embargo defendió la identidad quiteña hasta el sacrificio. La peor alienación del siglo XXI es que le hicieran coro a una tan iluminada legisladora que creyó haber descubierto que Quito mestizo no nació en 1534 sino en mayo de 1822. “Bon soir tristesse”.

La tercera oleada es que constatamos en la ínsula “el ocaso de los afectos”. No nos queremos, nos insultamos, nos engañamos.