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Es justo, equitativo y saludable darte gracias…”, rezábamos de niños en la misa, y quizá seguimos haciéndolo hoy, entendiéndolo mejor. Justicia, equidad y salvación son ideas que nos llaman a detenernos y a cosechar otras. Agradecer: hoy aplico esta preciosa afirmación, no solo religiosa, sino muy ligada a la Tierra, a un deber por cumplir. Hacerlo en este aniversario ciudadano viene como anillo al dedo, y comparto con todos el bello regalo de “Quito una ciudad, dos miradas”, obra de Ruby Larrea y, como dirían los que los conocen, de su Abdón. (¡Feministas y machistas del orbe, perdón!).

El arte permite confluir voluntades y trabajos, y este libro junta dibujo y palabra en el esplendor de la búsqueda de expresión, de la voluntad de preservar para el recuerdo la ciudad vista y vivida, que, si no la decimos ni dibujamos, morirá con nosotros.

Ruby dibuja la ciudad; calles, plazas, esquinas, rincones; fachadas, cúpulas, torres, muros, cruces; pasajes, arcos, interiores y exteriores, puertas y portales…; ventanas, ventanucos y callejuelas, tejas, tejados, y la sospecha leve de unas flores y el gallo de la catedral en el indicio del amanecer; cruces callejeras, todo lo apunta en gris suave y en el negro indispensable para oscuros zaguanes. Y es tanto lo que sugiere, lo que evoca y recuerda, tanto lo que vemos, que el maravilloso, inolvidable Kingman dice de ella que ‘mira la construcción quiteña en forma entrañable, dotándola de fina poesía, lo que la aleja de lo convencional’. Sí: la poesía brota de sus dibujos, de su San Juan en curva y su San Marcos, y sus casas de la 24…

En el libro viajamos por la ciudad como ella lo merece: dibujo y escritura la reproducen, la encantan sin mentirla, al someterla al poder mágico de dibujo y palabra, y nos la devuelven en lo que hay de más digno en su ser; en aquello que para Quito debemos aspirar: en los sueños de todos, que cuantos vivimos aquí somos quiteños, como lo quiere el escritor.

Abdón Ubidia se prodiga en sus textos. Más allá de las apreciaciones y sugerencias de sus “Vivir en Quito, doce visiones para el tercer milenio”, emocionan los párrafos de sus novelas Ciudad de invierno y Sueño de lobos en las que Quito es bella y por momentos triste y siempre protagónica, como lo es en nuestra vida, aunque a veces la miremos de soslayo y disimulemos su ser, sus exigencias en falsas ambiciones cosmopolitas porque no empiezan, como deberían, en el cariño y la valoración de lo propio, donde se encuentra lo auténticamente universal.

Repito con Abdón y Ruby, y con Carrera Andrade, poeta que plasmó en su verso el móvil de todo quehacer artístico, como el que agradezco hoy: “En la mesa servida / los dones de mil formas / de la tierra bendita. // Campana de San Blas / La vida me dio todo / pero yo ansiaba más”… “Ansiar más” que es la explicación del arte, quehacer gratuito, gracia, don, agradecimiento.