Walter Spurrier

Palacio del pingüino

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Si Unasur va en serio, sería una gran cosa para Quito. Un edificio destinado a albergar una burocracia dorada, pagada por todos los países, equivale a una exportación de servicios. De tomar cuerpo el proceso integracionista, Quito se convertiría en la Bruselas de América del Sur.

Con el monumental edificio de Unasur, el presidente Correa está haciendo una apuesta. Que esta vez va en serio la integración sudamericana, como cuando en 1951 Francia y Alemania gestaron la Comunidad del Carbón y el Acero y cincuenta años después emitía una moneda común. El pasaporte sudamericano es una buena primera iniciativa.

Hasta ahora, Unasur no ha sido más que un foro para declaraciones altisonantes. Junto a la Alba y el Mercosur conforman “un plato de espagueti”, según la directora del FMI, Christine Lagarde.

Las circunstancias de la inauguración no pudieron ser menos oportunas. Ese día, diciembre 5, el crudo ecuatoriano se cotizó a USD 57 por barril, una caída de USD 42 frente al cierre del primer semestre. Tal colapso exige prudencia en el gasto público, y torna difícil entender que el Gobierno destinase USD 43 millones para construir esta sede social. Como que la renovada “licuadora” hubiera bastado.

Tampoco fue afortunado nombrar al edificio “Néstor Kirchner” y erigirle una estatua. Se argumenta que Kirchner fue el primer secretario general y que murió en funciones. Pero a su muerte Néstor estaba muy ocupado cogobernando con Cristina, y no ejerció.

No es prudente hacer distinciones a personajes públicos antes que comience a asentarse una primera visión retrospectiva de su sitial en la historia. La esposa de Kirchner sigue en el poder, y el legado de Néstor es incierto.

El Congreso argentino negó la reelección indefinida y con ello la era Kirchner, que se inició en mayo 2003, termina en diciembre 2015. Lo probable es que en las próximas presidenciales argentinas clasifiquen para la segunda vuelta un candidato oficialista y uno de la oposición, y sea este último el que gane abrumadoramente la segunda vuelta.

El proceso de fiscalización del régimen Kirchner ya empezó y con el nuevo gobierno se profundizará. El juez Claudio Bonadio investiga a los hoteles de los Kirchner en el sur del país, con grandes contratos con empresas públicas y contratistas del Estado, y que se presume servían también para lavar dinero sacado en bolsas del palacio presidencial. Con respecto al “Pingüino”, como llaman en Buenos Aires a los originarios de la Patagonia, Carlos Pagni comenta que “solo un líder que soñó gobernar por un cuarto de siglo pudo haber montado un esquema de negocios tan desprolijo como el que está saliendo a luz” (La Nación, diciembre 8).

El nombre del edificio podría resultar embarazoso para el Gobierno argentino que se posesione en el 2015.