Marco Antonio Rodríguez

Viteri, más allá del arte

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Viteri sigue creando con el mismo amor, arrebato, pasión de siempre. La continua mudanza del tiempo no ha podido con su invicto e indomeñable espíritu. Subimos a su taller. Él y su inagotable acervo de obras me hieren de vida. Pienso que el artista jamás ha abdicado de su integridad (libertad que no admite subordinaciones a ningún poder, salvo el suyo: el del genio que lo condena y libera). Su colosal aventura plástica no termina y no deja de asombrarnos con series cada vez más deslumbrantes. Se apresta a publicar un libro de sus desnudos.

El desnudo no es un tópico del arte, es una forma. El cuerpo humano no se convierte en arte por un ejercicio de imitación. Al mirar nos unimismamos: es la empatía de toda estética. El desnudo no conmociona nuestra empatía, engendra frustración y agobio. Grecia idealizó el cuerpo y esta ‘filosofía’ sigue vigente. (El desnudo de las vanguardias: dadaísmo, cubismo, feísmo, abstraccionismo…), de una u otra forma perpetúa este concepto. Los desnudos viterianos se adhieren a una banda siempre capaz de ondular, de volver sobre sí misma, el eje de la simetría de los rostros lucen desplazados, dislocados, y este ensalmo –transfigurar el alma de la carne- conducen no a la revelación de una imagen obturada, sino a la revelación de la anamorfosis que impide significar: ¿para qué?

Por artistas como él, se torna verdad la poesía: ‘Hambre de encarnación padece el tiempo’. Al verlo preparar la trementina, los colores, los pinceles, pienso que no existe soledad más vasta que la de aquellos creadores que han alcanzado las más altas instancias del espíritu, y este es el caso de Viteri. Porque, ¿quién podría aconsejarle en esa sucesión de elecciones -construcciones y deconstrucciones del ser- que es su obra: centenares de óleos, ensambles, tintas, pasteles, dibujos…?

La responsabilidad significa libertad. Viteri ha defendido su espacio a costa de vivir en autoconfinamiento pertinaz, exento de áulicos, grupos de poder o promociones estridentes, pero en cuyo epicentro alienta la descomunal verdad de su arte. Sus dibujos de España: distorsión, miedo, olvido, locura, muerte, apartamiento, vaciamiento de sus interioridades: aquellas que incineran en vida. Su serie de Cabezas –testimonio bienaventurado y blasfemo del siglo veinte -, sus ensambles: calas hondas sobre nuestro mestizaje…

Sus paisajes, su histórico ciclo sobre las guerras, sus esculturas, sus performances, sus retratos, su obra monumental, legado de uno de los grandes maestros del arte pictórico del siglo veinte. Llueve en la ciudad. Pienso en la vida que me hizo -¡quién sabe por qué!- un ser humano pensante. Al pintar, late el corazón de Viteri y sus latidos inundan su casa museo. Me invita a verme. Veo en mi memoria el retrato que me hiciera en los ochenta. En los dos están mi verdad que solo el gran artista pudo asirla, solo que en este, en mis propios ojos, veo el retrato de mi padre.

Columnista invitado