Monseñor Julio Parrilla

Feliz Navidad

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En medio de felicitaciones y regalos, entre cenas y bullicio, casi oculto por árboles, luces y estrellas, ¿será posible todavía entrever en el centro de la fiesta a “un niño recostado en un pesebre”?

Poco a poco lo vamos consiguiendo. Ya hemos logrado celebrar unas fiestas entrañables sin conocer exactamente su razón de ser. Nos felicitamos unos a otros y no sabemos muy bien por qué. Muchos no recuerdan dónde está el corazón de estas fiestas. Me permiten que en un día como hoy se lo recuerde.

Según el relato de Lucas es noche cerrada. De pronto, la “claridad” envuelve con su resplandor a unos pastores. La imagen es grandiosa: la noche queda iluminada. Y, sin embargo, los pastores “se llenan de temor”. No tienen miedo a las tinieblas, sino a la luz (qué contradicción). Por eso, el ángel comienza diciendo: “No teman”. ¿Cómo sentir miedo de este Dios? Me vienen a la memoria las palabras de Teresa de Lisieux: “Yo no puedo temer a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí… ¡Yo le amo!”.

Así es la vida: nos da miedo la luz, nos cuesta vivir en la verdad. Así, quienes en estos días no pongan más luz y verdad en su vida no podrán celebrar la Navidad, aunque se atiborren de dulce y de pavo.

Resulta fantástico lo que dice el ángel: “Les traigo la gran alegría para todo el pueblo”. No una alegría más entre otras, tal como la alegría de escaparate que nos rodea por doquier. Se trata más bien de una alegría “grande” que alcanza a todos los que sufren y, muy especialmente, a las víctimas de una sociedad que piensa que no hay nada más importante que la plata o el poder, aunque para tenerlos haya que engañar, mentir o robar.

La única razón para celebrar la Navidad es esta: “Hoy les ha nacido el Salvador”. El pequeño niño es de todos. Él es el único en el que podemos poner nuestra esperanza. Detrás de tanto brillo, sabio, y líder imprescindible, apenas queda el recuerdo no siempre agradable del poderoso de turno. Jesucristo es la esperanza de que la injusticia que hoy lo envuelva todo no prevalecerá para siempre.

Sin esta esperanza no hay Navidad. Despertaremos nuestros mejores sentimientos, diremos palabras amables, nos volveremos regalones, disfrutaremos del hogar y la amistad y, por un momento, viviremos convencidos de que también nosotros somos buenos y felices. Todo eso es bueno, muy bueno, y ojalá que no falte. Pero, si eso es todo, todavía no es Navidad.

En estos tiempos de cambios y catarsis hay mucho sobre lo que escribir, pero todo pierde densidad frente al acontecimiento de la Navidad. Cada cosa en su momento. Hoy toca recordar a Jesús. Que el viento de fin de año se lleve las maldades y por el amor del pequeño Niño nos regale ser protagonistas y testigos de un cielo nuevo y de una nueva tierra en la que habite la justicia y reine la paz, sin mentiras ni corruptelas. Para todos, queridos amigos, una Navidad feliz y un bendecido 2018.