Monseñor Julio Parrilla

Corrupción y democracia

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Decía Ortega y Gasset, siempre lúcido y crítico, que la democracia era el resultado de dos cosas diferentes y complementarias: un estado de derecho, que pone las reglas del juego, y un sistema de elecciones, que pone los electos. Lamentablemente, con las dos cosas en la mano y a pesar de las buenas intenciones, nos podemos equivocar. De hecho, no han sido pocos los que votaron y aplaudieron a quienes nos han robado con tanto descaro. Bueno es que con la ley en la mano, investiguen, detengan y enjuicien a quien corresponda. El escándalo de la corrupción pide una cierta celeridad. Cierto que la justicia tiene sus tiempos. Toca tener paciencia y saber esperar. Lo que importa es que madure el Estado de derecho. A pesar de ello siento que aún queda mucho por hacer para instaurar una cultura de la transparencia y la rendición de cuentas, una cultura de la honestidad. No puede ser que la honradez consista en que no te pillen.

Algo más tenemos que aprender: por encima de las preferencias políticas e ideológicas de cada cual, está el respeto común a las reglas limpias. Un respeto que nos obliga a todos. Mucha gente parece seguir prefiriendo que gane su equipo aunque sea con trampas. Aunque luego haya muy poco que celebrar.

Yo mantengo mi esperanza. Sobre todo cuando las nuevas generaciones - esas que lo tienen tan difícil hoy, especialmente con los malos ejemplos recibidos - comprendan que la corrupción no es sólo un político que roba sino un político que nos roba a todos. Llama la atención cómo el concepto de corrupción se diluye tanto, hasta el punto de ser aceptado en buena parte por la mayoría. Recuerdo en una ocasión haber llamado la atención a una sacristana experta en coger algunas monedas del cesto de las limosnas. Me miró con enojo y me espetó: “Por favor, padre, usted sabe muy bien que todo el mundo roba”. No es verdad. Y ese será siempre nuestro consuelo.

Por supuesto que necesitamos educarnos en la honradez y en la transparencia. Pero también necesitamos ser críticos y distantes. A los candidatos no hay que quererlos demasiado. La afinidad ideológica o la complicidad afectiva no nos permiten actuar con exigencia y claridad. En estos momentos todos agradeceríamos posturas más autocríticas y honestas, especialmente por parte de aquellos que, en el pasado, aplaudían a rabiar y para quienes todo era maravilloso.

La democracia no garantiza que lleguen al poder los mejores, pero sí que acabemos echando a los peores, a los corruptos, a los que, ebrios de poder y de dinero, se olvidan de que el político debe ser un hombre tenaz, comprometido, honesto y sensible con el dolor y las necesidades ajenas. En definitiva, debe de ser un hombre de paso, que llega, trabaja, sirve y se va. Sólo entonces lo de las manos limpias tienen sentido y la honradez se convierte en algo más que palabras.