Fernando Tinajero

La ironía

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Sócrates la concebía como un método para llegar a la verdad fingiendo ignorancia (Platón, Rep. 1,337 A); Aristóteles la definió como una simulación opuesta a la jactancia (Eth. Nic., II, 1008, 20-3); los románticos, y especialmente Schlegel, la consideraron como expresión de dos elementos antagónicos, como la Naturaleza y el Espíritu, o lo objetivo y lo subjetivo (Philosophische Vorlesungen insbesondere über Philosophie der Sprache uns des Wortes). Para Kierkegaard, en cambio, la ironía corresponde a lo que denominaba “el estadio estético de la existencia” y pensó que en ella hay varios grados, uno de los cuales llama la atención porque es nada menos que el modo de ser de la santidad que niega este mundo en nombre de otro por el cual se sacrifica (Diarios 1833-35). En fin, para quienes hacen literatura (o hemos pretendido hacerla), la ironía es uno de los recursos más difíciles y sutiles del lenguaje y del pensamiento que en él se esconde: su uso requiere un talento particular que no todos los escritores pueden gloriarse de tener. Lo tuvieron Quevedo y Cervantes, por ejemplo; Oscar Wilde fue un maestro insuperable en su manejo, como lo prueban sus “boutades”, y Borges no lo fue menos: es memorable su “Poema de los dones” (Quizá una de las mayores joyas de la literatura universal), en cuyas líneas apretadas y concisas se encuentra “la ironía de Dios”, que le dio al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Una ironía mal hecha puede convertirse fácilmente en jactancia, como pensaba Aristóteles, o en insulto, como nos consta a todos los que sufrimos el discurso de algunos políticos. Los hay, por ejemplo, que tienen verdadera debilidad por lucir ingeniosos o por mostrar que saben muchas cosas (lo cual no es siempre cierto), pero las “perlas” con que adornan sus peroratas suenan con mucha frecuencia con acentos de vanidad insoportable, y otras veces como expresiones insultantes que solo podrían citarse como ejemplos de lo vulgar y lo soez.

La prudencia (que es virtud muy escasa en estos tiempos) aconseja que, cuando no hay talento suficiente, se debe evitar ese recurso tan difícil. La mayor elegancia del lenguaje es la sencillez; la discreción es atributo exclusivo de los espíritus cultivados que hoy se consideran anticuados. Los que carecen de estas condiciones son los que no tienen reparos en aludir a costumbres y defectos de quienes consideran inferiores o adversarios, y a veces pueden llegar a lo grosero por su empeño en hacer ironías de mal gusto. Pero sobre todas esas virtudes que atañen a la vida civilizada, importa el contenido del lenguaje –es decir, las ideas que expresa. Acudir a desafortunadas ironías para rehuir los argumentos contra las tesis contrarias suele llevar al insulto, es jactancia y deja incólumes las ideas que se quería rebatir. Ese es el sofisma que los escolásticos llamaban “de ignorantia elenchi”, que consiste en hablar de otra cosa distinta de la que está sometida a discusión. Lástima que los políticos se encuentren tan ocupados de su éxito que no tienen tiempo de refrescar estas nociones.