Jorje H. Zalles

Derechos… con responsabilidades

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Acabamos de celebrar, el 10 de diciembre, 46 años desde la aprobación por la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, bella manifestación del espíritu liberal que durante unos cuatro siglos –menos del uno por ciento de la historia humana- ha comenzado gradualmente a permear la conciencia colectiva.

En casi todas las sociedades humanas, esa conciencia colectiva todavía pone fuerte y decidida resistencia a estas ideas, aún nuevas, de libertad individual y de igualdad en derechos y en dignidad. Quienes somos partidarios de las ideas liberales debemos preguntarnos el porqué de esa resistencia.

Parte esencial del porqué está dada por el hecho que, aunque muchos adoptan con entusiasmo la idea de ser libres y de reclamar derechos, aún no han comprendido que estos constituyen solo un lado de lo que necesariamente tiene otro. No es solo que tenemos derecho a la vida, la libertad personal, la dignidad, la honra, el pensamiento libre, la privacidad y la propiedad. También tenemos la obligación de respetar el derecho de los demás a la vida, la libertad, la dignidad, la honra, el pensamiento libre, la privacidad y la propiedad.

Erich Fromm propone en “El arte de amar” que ser “responsable” no es, como muchos lo entienden, cumplir con normas impuestas desde afuera, o por otros. Ser responsable, propone Fromm, es más propiamente “ser hábil para responder” (respons-hábil) a las necesidades de los demás, incluida, ciertamente, la necesidad de ser respetados. Vista así, la responsabilidad es evidencia de empatía, de que uno comprende que un sistema social basado en derechos está necesariamente basado en la responsabilidad de mutuo respeto.

Muchos se oponen a la libertad y a los derechos universales porque aún defienden algo que rechazo categóricamente: la idea de que ciertas personas son superiores a otras, y que esos “seres superiores” (los hombres, los blancos, los miembros del partido, los defensores de “el proyecto”) deben gozar de privilegios sobre los demás, incluido el “privilegio” de faltarnos al respeto.

Pero muchos otros se oponen por otro motivo, que puedo comprender: ven que algunos, no pocos, abusan de la libertad y de los derechos que los demás les reconocemos. Abusan los millones de ociosos que viven a expensas de las redes, absolutamente necesarias, de protección social; abusan los vivos que so pretexto de legítimas protestas cometen saqueaos y desmanes; abusan los ciudadanos que ensucian las calles, contaminan el ambiente, bloquean el tránsito, golpean a los débiles; abusan los funcionarios públicos que en su ejercicio del poder se enriquecen, se envanecen, y pisotean la ley y las normas de elemental decencia.

Derechos sin responsabilidades son una vacía contradicción. Ambos se necesitan mutuamente, como dos manos que intentan aplaudir.