Susana Cordero de Espinosa

Del capítulo más bello...

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En el felicísimo capítulo XVII de la segunda parte de Don Quijote, Cide Hamete Benengeli, heterónimo de Cervantes en esta obra genial, admirando la audacia de su héroe que se atreve a desafiar a dos leones enjaulados y exige al leonero que abra las jaulas para dejarles salir, luchar contra ellos y vencerlos, exclama: “Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha… ¿con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada… con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas”.

Cervantes, en lugar de condenar la insensatez quijotesca, admira su sobrehumana valentía. Al hacerlo, nos revela el límite al que puede llegar su relación con don Quijote, al cual comprende y exalta: de este modo, el desafío quijotesco no será motivo de burla para el lector, sino de admiración y amor.

Hace ciento dos años, José Ortega y Gasset escribía en Meditaciones del Quijote: “Cuando la moral manda sin comprender, es perversa. Hay en el afán de comprender concentrada toda una actitud religiosa. Y [,,,] he de confesar que, a la mañana, cuando me levanto, recito una brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del Rig-Veda, que contiene estas palabras aladas: “Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento”.

La actitud religiosa concentrada en el afán de entender no significa que el ansia de comprensión lleve necesariamente a la creencia en un dios que todo lo puede. En la larga historia de desaciertos y crueldad que ha sido y es la vida del ser humano, se experimenta el vaivén de toda creencia, al par que nuestra impotente aptitud para lo esencial. En el tiempo, las religiones han consolado, tanto como han sido y siguen siendo origen de odios y ferocidades. Mas, como la comprensión y la ética ansían la totalidad, esta compleción anhelada busca trascender las facetas de la vida y se aferra a un más allá que ancla, contra toda certeza, en la esperanza. Quedémonos en la Tierra, donde sabemos que para juzgar, antes hemos de entender.

Cervantes es ejemplo de esa ‘comprensión amorosa’ que pide la filosofía para aquel que juzga. Su deslumbramiento ante la valentía del caballero muestra lo que anhela toda moral: que la comprensión amorosa preceda al juicio. El prejuicio, en cambio, resultado de un juicio sin comprensión ni entendimiento previos, riñe con las bellas palabras del Rig-Veda a que apela Ortega: ser capaces de vivir alegres y de comprender, es decir, de regocijarnos porque conocemos. Lección fundamental, no solo en lo relativo a este bello capítulo de la obra inmortal, sino a lo que ocurre en nuestra propia vida, en nuestras relaciones personales y sociales, en nuestros cotidianos sosiegos y desasosiegos, así como en nuestra política. ¡Despiértanos alegres y danos conocimiento!