Juan E. Guarderas

¿Quién quiere ser millonario?

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Para variar otro escándalo de una gran corporación financiera internacional. Todo parecía un poco extraño, eran ya meses – todavía no llegábamos al año – desde el último gran motivo de indignación; no podían dejarnos tranquilos mucho tiempo más. En todo caso, tengamos la seguridad de que se esforzarán por darnos úlceras de manera regular. Y, como en el horizonte no se ve un cambio sustancial en las dinámicas de la industria, este ritmo podrá mantenerse por un buen tiempo.

La competencia por brindar servicios tradicionales de banca comercial es feroz, más aún en un mercado como el estadounidense. Pues bien, a pesar de eso Wells Fargo crecía de manera sorprendente. Todo esto mientras manejaban un perfil de “banco con ética y correcto”. ¿Operaciones bursátiles exóticas? “No, jamás, nosotros somos un banco tradicional, con valores tradicionales”.
Supuestamente con esta estrategia llegó a ser el segundo banco más grande del planeta. Decían que estaban demostrando que era posible tener un gran crecimiento haciendo banca tradicional, sin hacer los chanchullos de los otros bancos.

Pues no. Lo que pasa es que estaban realizando millones de estafas pequeñitas, a personas sin mayor poder. “Vendieron” más de dos millones de productos financieros pequeños a clientes que no los habían solicitado. Así, un cliente chico podía tener 8 cuentas corrientes, y pagar las comisiones anuales correspondientes, aunque solo haya contratado una.

Las consecuencias fueron “severas”, y le cayó al banco una multa de 185 millones de dólares. Esto es apenas el 0.2% de su facturación anual; un poco menos de lo que hace en un día.

Para preservar las apariencias Wells Fargo realizó despidos. Sí, pero del personal de menor rango. Mientras que los gerentes y directores que durante años concibieron el esquema quedaron más que campantes, mucho más. Quedaron millonarios. El CEO, John Stumpf, sale de la empresa con beneficios por 134 millones de dólares (y eso que voluntariamente renunció a algunos valores, originalmente estaban en USD 200 millones).

Observaciones. Primera, si las penalidades – en caso de que las haya – son infinitamente menores a los beneficios de la infracción, entonces lógicamente ¿qué incentivos tendría un actor económico para respetar la ley?

Segunda, en esta industria las promociones del personal está en función de los éxitos económicos conseguidos, sin importar de sus métodos para el éxito. De esta forma, se asegura que a la cabeza de las corporaciones lleguen aquellos ejecutivos sin escrúpulos que estén dispuestos a todo para conseguir riqueza.

Tercera, si no hay sistemas eficaces de protección a los pequeños consumidores, las corporaciones podrán ejecutar este tipo de esquemas con bastante impunidad.