Washington Herrera

Prioridad: la economía

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Si no podemos combinar el progreso con la democracia emergen las protestas populares. Más aun cuando se vislumbran impactos negativos en el bienestar de la gente y, en el caso del Ecuador, se percibe el temor de que la conducción económica no pueda controlar la desaceleración del crecimiento porque no se nota una actitud prioritaria del Gobierno para conducir al país con austeridad en el gasto y con progresos auténticos en la eficiencia productiva. En medio de la turbulencia frenar la desaceleración económica es esencial para precautelar la estabilidad política.
Para lograr una política trascendente lo óptimo sería sincerar la economía implantando precios reales a los principales factores del desarrollo, que impliquen prescindir de los subsidios innecesarios y mantener solo los equitativos para preservar la justicia social.

Pero constatamos que al Gobierno de la revolución ciudadana le es inherente continuar con casi todos los subsidios y no hacer olas al respecto, para estar en el poder el mayor tiempo posible, por lo que esta distorsión básica es más bien un objetivo político que no un instrumento de política social.

Pero en las circunstancias actuales, cuando la desaceleración de la economía prosigue, ¿qué hacer para frenar a tiempo un mayor deterioro que puede obligar a tomar medidas drásticas?
Comencemos por aceptar la realidad tal como es, sin presunciones de superioridad o falso orgullo, para cambiar drásticamente todos los factores que han enrarecido el clima de inversión, en una forma sincera por parte del Gobierno y de los dueños del capital, porque controlar la desaceleración conviene a todos.

La empresa privada, por su propia supervivencia, deberá ajustar los costos y salir a vender en el exterior, porque el mercado interno se está estrechando, por más que se quiera vender con créditos a largos plazos.

Si el Gobierno continúa gastando improductivamente no habrá manera de evitar el conflicto social, por lo que debe ser consenso nacional la aplicación de una política estricta de real austeridad, con el ejemplo del Presidente a la cabeza para que todos los funcionarios que manejan los gastos del Presupuesto Nacional se duelan del gasto, y así cuidar los equilibrios macroeconómicos y evitar futuros ajustes dolorosos para la gente pobre.

Todo esto porque, además, ya no habrá petróleo que vender si se sigue comprometiéndolo anticipadamente y si los costos de producción de algunos pozos están iguales o por encima de los precios de venta. Entonces, toda la economía se resentirá y la baja de los negocios generará menos impuestos y el fisco tendrá menos dinero para financiar sus gastos corrientes.

A veces pienso que la baja del precio del petróleo es un desafío a la laboriosidad de los ecuatorianos, es un reto que reclama desperezarse para aumentar la productividad en forma auténtica y sin subsidios.

wherrera@elcomercio.org