Monseñor Julio Parrilla

Ciudadanos domesticados

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El nuevo accidente de tráfico, ocurrido en la vía Guarumales-Méndez, en la quebrada de Bomboiza, se une a este rosario de tragedias que enlutan nuestra vida nacional con excesiva frecuencia. No hace mucho, hablaba yo en esta misma página de una auténtica “pena de muerte” que gravita sobre el pobre ecuatoriano, obligado a utilizar el propio carro o cualquier unidad de transporte público.

Hoy, los autobuses solo los usan los que no tienen más remedio, es decir, la mayoría de los ciudadanos. A este respecto, ¡qué lejos queda la revolución ciudadana! Triste es la muerte, agonizar entre hierros retorcidos en el fondo de una quebrada,… Pero triste es, sin duda, este acostumbramiento: recibimos las noticias de la muerte sin apenas conmovernos, inertes ante la realidad repetitiva, como si se tratara de un tributo (¡este sí que es un impuesto gravoso!) que hay que pagar a un dios Moloch, capaz de devorar a sus hijos de forma inevitable.

Nada hay peor que acostumbrarse. Y el hombre, a pesar de su enorme capacidad de pensar, de crear, de amar, acaba acostumbrándose a casi todo, víctima de sí mismo, de la propia rutina y superficialidad. Quizá sin quererlo acabamos siendo ciudadanos domesticados, reacios a la crítica y a la protesta.

Ahora que las carreteras son buenas (es una percepción relativa), ya solo queda aprender a manejar y, por parte de la ­administración pública, controlar lo que parece incontrolable: la capacitación personal, el estado de los vehículos, el cumplimiento de las normas viales, el uso y abuso del alcohol…

Y, muy especialmente, queda la vigilancia y el cumplimiento de las penas. Algo que clama al cielo en nuestra sociedad (tanto en lo civil como en lo penal) es el difundido concepto de impunidad: la certeza de que aquí no pasa nada. Toca resignarse… ¿para qué decir algo, para qué denunciar, si al fin y al cabo todo sigue igual?

La solución de nuestros problemas no puede ser solo represiva… Hay una urgencia educativa inexcusable que añade al buen manejo la buena conciencia. Dice mi amigo Marco Cruz, eximio montañero riobambeño, que “a la montaña no se sube con las piernas sino con el corazón”.

Y así ocurre en todos los aspectos de la vida. También en el que nos ocupa. Lo primero que hay que educar es la conciencia: comprender el bien y el mal que causamos cuando nos olvidamos de que el otro circula a nuestro lado y tiene el derecho, las ganas y la necesidad de vivir. En el manejo tendríamos que ser no solo más precisos, sino también más finos, más conscientes y generosos.

Por razones pastorales me toca vivir muchas horas en la carretera. Mentiría si no digo que siento muchas veces amenazada mi vida. Me encomiendo al Ángel Custodio y a San Cristóbal bendito, pero también a mi chofer. Le pido, sobre todo a él, que en la carretera ponga alma, vida y corazón.