Milagros Aguirre

No hagan olas

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Le dicen la muralla china y es el edificio más feo que Quito haya tenido desde su fundación. Es una mole horrenda y tosca. Seguramente es también el más caro pues costó más de 200 millones de dólares, según dicen. Y el más grande porque ocupa un espacio de 130 mil metros cuadrados. De los elefantes blancos este será el más pesado pues albergará a más de 3000 funcionarios públicos encargados de la no menos pesada tarea de las finanzas públicas.

Algunos creen que edificios así son sinónimo de desarrollo. Pero más bien este parece una metáfora del tamaño del Estado, de la gorda burocracia y del despilfarro nacional. Y que haga aguas es también una metáfora del país: todo hace agua. Hace agua la economía y también el invierno, pues el agua ha llegado hasta el cuello en cada pueblo, se desvencijan las carreteras, se vienen encima las montañas, colapsan las alcantarillas (donde hay, pues hay pueblos donde ni eso). Pero no hagan olas.

También es el monumento a la chapuza nacional pues no es el primer edificio que hay que remendar. Pero no hagan olas. Puede ser también la metáfora de las deudas que nos ahogan. O de la falta de fiscalización. O de los sobreprecios. Pero no hagan olas.

Los edificios públicos que se vaciaron con la mudanza a la plataforma, si no se venden, por la crisis, pueden ser buenos espacios para ocupas y sin techo. Pero tampoco hagan olas, eso no ha de pasar. Es más, no solo no hagan olas sino que no se rían. No hagan memes. No coloquen submarinos y peor, ministros en traje de baño junto a la plataforma porque, si algo va a durar 300 años no será la Constitución de Montecristi ni la Revolución Ciudadana, sino ese mamotreto metálico de estética revolucionaria que han colocado en medio de la ciudad, pues, aunque se moje o se inunde, no se vendrá abajo.

Ahí se quedará hasta el final de los tiempos para recordarnos esa idea de desarrollo que nos domina y en la que el cemento y el gris son directamente proporcionales a la idea de bienestar.

Ese espacio maravilloso en Iñaquito pudo haber sido un hermoso parque. Pero para los parques no hay recursos, ni ganas, ni ilusión. Basta ver el Bicentenario, que sigue pareciéndose más a un aeropuerto abandonado que a un parque en medio de la ciudad. Ni gobierno central ni municipio se han preocupado por ello. Es más, las famosas plataformas que afean la ciudad del cielo azul, patrimonio de la humanidad, son responsabilidad compartida. Nada que hacer. Si siguen haciendo memes y chistes sobre el tema van a herir la susceptibilidad de quienes creen que es el mejor y más moderno edificio del mundo mundial y a lo mejor les llevan a investigación o juicio y los tribunales les piden comprobar la existencia de la ballena danzando en el frontis del edificio. Así que mejor, no hagan olas.