Milagros Aguirre

En la otra orilla

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Varios videos circulan estos días por las redes sociales acerca de los grupos indígenas aislados en la selva del Perú (Madre de Dios) y del Brasil (Acre). Los pueden ver en la página de Funai donde aparecen los contactos de un grupo de indígenas en una playa; en este reportaje de Globo o en el dramático video que presentó Panorama de Panamericana Televisión del Perú.

La historia es repetida en la Amazonía. Están sin salida, acosados por madereros y narcotraficantes en esas fronteras amazónicas, así como en el Ecuador, están rodeados por la actividad petrolera, en un territorio que no les basta para vivir, en una selva empobrecida, donde ya no hay suficiente cacería.

Como si el asedio no fuera suficiente, sendos reportajes televisados hablan de que pastores los buscan para “salvar sus almas” y para hacerles conocer “la palabra”; de turistas que pagan por “safaris” para verlos como se ve a los monos o a los loros; y de periodistas que, argumentando que quieren protegerlos y que se suman a esa causa, buscan incrementar sus audiencias captando imágenes espectaculares e inéditas de ellos. Al final, en el teatro del mundo, todo se vuelve espectáculo.
¿Ellos? Se los ve huyendo, con hambre... agarrando con desesperación los racimos de plátano que les entregan comuneros vecinos o las mismas autoridades (Funai en Brasil), en un “contacto”, que no debiera darse de acuerdo con las políticas de los distintos países, pero que a la hora de la hora, resulta inevitable: ellos buscan alimento, machetes, hachas, herramientas, ropas… están más cerca de lo que parece.

Si se acercan... mal... les puede dar gripe y morir... aunque por lo que se ve en las imágenes, si se salvan, acabarán como otros grupos indígenas: aculturados, asimilados y tristemente empobrecidos. Si se esconden en el bosque, acabarán siendo muertos por las balas de sus vecinos, por los ilegales que operan en sus tierras y por aquellas de clanes enemigos o heridos por accidente… por comuneros que les tienen miedo pues saben que ellos tienen arcos y flechas (en Perú y Brasil) o lanzas (en Ecuador).

¿Y los Estados y las leyes que dicen protegerlos? Bien. Gracias. Las autoridades se amparan en las leyes y normativas que parecieran justificar el no tomar ninguna acción concreta y eficaz que les ayude a sobrevivir en este mundo sin dañar su modo de vida. Improvisan, pese a los protocolos que debieran tener (véase el video en el que un miembro de Funai entrega a un joven su propia camisa, no pueden impedir que agarren un machete o una camiseta, en el contacto de Acre). La realidad de estos grupos se escapa a las teorías de los antropólogos. Parece que no tienen mayor opción: o mueren de hambre, por guerras internas en la otra orilla, o se asimilan a otros y muere su antigua forma de vida, en esta orilla.