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¡Qué carga! ¡Tan pesada, tan difícil de jalar! Una herencia que será una sombra permanente en la vida del mandatario entrante, porque el anterior, simplemente, como gato con sus garras, intenta perpetuarse. No quiere dejar el enviciante poder, desprenderse de lo que le daba vida. Piensa que nadie después de él, se acomodará en la banda presidencial. Ni a su propio recomendado, su heredero en el poder, le quedará bien. ¡Qué carga tan pesada! Una sombra permanente, el sol nunca más cambiará de posición, hará sombra.

Esta nube gigante, pesada, de la cual nunca caerá una sola gota de refrescante agua, será omnipresente. El peso de su recorrido caerá sobre quien hoy ostenta la banda presidencial, será su constante arrastre. Serán diez largas cadenas que deberá, en silencio, disolver para lograr la libertad de actuación, inclusive, de expresión de sus propios ideales y metas.

El resto, conocemos, vivimos bajo la sombra de prepotencia, esa extraña sensación de que hay un dios extra rondando el universo. La sombra de quien se piensa sobrehumano, santo sin pecado alguno que pueda calificarlo. Una obscuridad especial se avecina, si tomamos en cuenta los discursos, alabanzas, lloros, ahora que nos deja y se va, a la lejana tierra, ¿cómo encontraremos un norte? La sombra de quien dice no ser caudillo pero actuó como uno, nos obscurecerá. Presente está la sombra de quien dice no pertenecer a la clase política dominante, absorbente, pero defiende a capa y espada la todopoderosa clase suya, su categoría, que sí es permisible, que sí puede existir porque es su propiedad. Si es imaginado por él y sus seguidores, es correcto, es loable, las lágrimas de cocodrilo son legítimas. El pasado no existe ya, la desgracia, la vergüenza, la pobreza espritual, esas, todas, han desaparecido bajo la sombra. Hoy todo es perfecto, ¿qué será si en el futuro aparece el sol?

Al escuchar las nuevas palabras en los nuevos tonos, la salamería, la adulación, continúa. Antes de la década perdida, no había país, no había república, no había dignidad, menos justicia.
Antes, había corrupción, todo era corrupto. Ecuador no era. Hoy, al parecer, es, gracias a la magnánime bondad del santo patrón. Hoy hay justicia, transparencia, oportunidades, educación, salud y, tenemos carreteras. No sé dónde nacimos si Ecuador no existía, ni cómo llegué, llegamos, a ser cómo hoy somos, ¿deberé sentir agradecimiento?

¿Qué más podemos esperar? Ecuador equivale a paraíso. Espero, que en su genialidad, súper inteligencia, sensibilidad desmedida, generosidad sin límite, no sufra inmensamente ante el síndrome de abstinencia de poder.

¿Sabrá el presidente entrante vivir bajo la sombra? ¿Será factible que sea él mismo y no un tentáculo más del pulpo? ¿Podrá romper las cadenas ideológicas?¿Las limitaciones de esta revolución que por tanto tiempo ha paralizado a la realidad?

No queda más, creo que la historia es el juez definitivo sino, desear lo mejor a Ecuador y por lo tanto al entrante.