Manuel Terán

Embaucados

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Hace poco más de 10 años una mayoría de ecuatorianos caía seducida por las promesas de cambio. Probablemente la aguda crisis que sacudió a la economía al arrancar el nuevo siglo, a la que sobrevino una etapa de inestabilidad política pronunciada, hizo que gran parte de la población adhiriera fácilmente a un discurso que les sonaba esperanzador, que repetía incansablemente las tan anheladas proclamas de izquierda que les conducía a pensar que poco faltaba para construir el paraíso en la tierra. Se otorgó carta abierta para que realicen las modificaciones jurídicas y económicas que se les viniesen en gana. No pusieron reparos a las formas poco democráticas con las que lograron materializar sus propósitos; entre ellas, con la aplicación del controvertido mecanismo de echar de sus curules a los legisladores elegidos en las urnas por la decisión de unos vocales de otro organismo del Estado. Cabe apuntar ¿acaso el mundo no protestó por la pretendida intención del inefable Maduro de quitar poderes plenos a la Asamblea de su país y traspasarlos al máximo organismo judicial? ¿No era una intromisión grotesca? En el Ecuador, con otros argumentos, se logró el mismo efecto: desalojar a los incómodos diputados de oposición y conseguir una mayoría adepta. Eran otros tiempos. La chequera chavista aceitaba a los gobiernos de la Región, los líderes latinoamericanos enmudecían ante los arrestos del coronel venezolano; y, más allá de las protestas de aquellos que consideraban que esos actos constituían un atropellamiento de las normas, no sucedió nada y el proyecto político se consolidó.

La audaz jugada fue acompañada por un golpe de suerte. Existieron recursos suficientes, que inyectados a la economía a través de un gasto fiscal que creció de manera inconmensurable, desplazó al capital privado del papel que había tenido por épocas como principal motor de la economía, generando una percepción de abundancia después de varios años de aguda escasez. El milagro parecía haberse materializado y el apoyo al experimento, que no tenía nada de novedoso si se observan las experiencias de otros países, se tradujo en el apoyo en las urnas que fue acumulando el régimen.

Hasta que las advertencias de los críticos a ese modelo se hicieron sentir el momento en que la bonanza de los altos precios del crudo se vino abajo. La pérdida de apoyo político, principalmente en las clases medias, consiguió que la sociedad se fracture, a momentos de manera irreconciliable, haciendo que recorramos un camino parecido al que dio origen a esta etapa política. El malestar económico genera insatisfacción que se convierte en el caldo de cultivo que deriva en crisis de lo político.

Al final de esta etapa, como se observó en los apretados resultados electorales, al menos una mitad del país se encuentra en contra del modelo que estuvo vigente por cerca de una década. Muchos que en su momento apoyaron al régimen se sienten defraudados por una diversidad de razones. La cruda realidad se impuso para despertarlos bruscamente de sus insulsas fantasías.