Gonzalo Ruiz

Triste, nos acostumbramos

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Duele. Hace una semana murió violentamente un vecino. Era un buen vecino, un hombre amable y siempre sonriente. Lo mataron.

Se trata de Julio Rivas. Los datos de sus amigos y de aquellos que le frecuentaron dan cuenta de sus conocimientos del arte colonial quiteño. Se sabe, por referencias, que una de sus pasiones era llevar visitantes por el Centro de Quito y hacer un tour que maravillaba por su sabiduría y amenidad.

La tarde del viernes pasado desapareció. Su cuerpo fue hallado en el parque Metropolitano, un lugar que frecuentaba. Cuentan que iba con su perro, un ejemplar de cacería que, como su amo, se mostraba tranquilo y amigable en los encuentros fugaces en la cochera del edificio.

El sábado, mientras encontraron el cuerpo de Julio Rivas se reportaba que su auto fue llevado al sur de Quito y en la curva de Santa Rosa lo desmantelaron. Las investigaciones continúan, pero el desconsuelo por una vida que se va siembra solo preguntas sin respuestas lógicas.

Muchos pensamos que la violencia y la muerte de una persona por robarle es una inmolación inútil. ¿Qué bien material vale lo que la vida de una persona?

Este crimen sumado a otros que se conocen en estos días, como el hallazgo del cuerpo de un joven y tantos otros que llenarían toda esta columna, dan cuenta del estado de cosas violento que vivimos.

Las estadísticas, siempre frías, muchas veces exhibidas como trofeos de una guerra en la que todos perdemos, son solo números. Es probable que los datos oficiales muestren una mejoría. Esos números que suponen un esfuerzo institucional enorme y grandes avances no nos devolverán al amable vecino, guía de Quito.

Otras noticias que publicó en extensos reportajes Diario EL COMERCIO, trajeron el detalle de la inventiva de los maleantes a la hora de forzar las carrocerías y sus distintivos hasta mostrarlos como taxis ‘normales’ cuando eran solo la fachada de un negocio que deja jugosas ganancias: los secuestros exprés. Toda una experiencia e inteligencia puesta al servicio del delito. Conocimiento de la ciudad, falsificaciones de placas y de permisos de operación, pintura, claves para alertar a los cómplices que también trabajan en su ‘flota’ y el resultado: atemorizar a los pasajeros y obligarles a sacar de los cajeros automáticos el dinero para la banda.

Ese hecho, que no es aislado y que llega con más fuerza a Quito, se suma a otros que así mismo pintan un cuadro complejo: las capturas de droga, que ponen en evidencia tanto la eficiencia policial cuanto la audacia de los criminales, presuntamente conectados con redes internacionales.

Es la percepción, más allá de las estadísticas. El miedo gana la calle y el dolor golpea en hechos que causan escándalo social o en episodios de gente que conocemos.

Como la tragedia de Julio Rivas, el vecino amable, suceden cotidianamente muchas otras. El peligro es que la indolencia nos gana, nos vamos acostumbrando al crimen y a la muerte, como sucede en las películas.