Fabián Corral

Lo que no debe ser

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Venezuela es el ejemplo de lo que un estado no debe ser, de lo que no tiene derecho a ser. Es el ejemplo de la negación de la democracia, de la transformación de la república en una parodia; de la incompetencia, el fundamentalismo y el disparate. Es el ejemplo de la economía del desastre y de cómo la ideología y el dogmatismo pueden quebrar a un país rico, llevar la inflación y el desabastecimiento a límites demenciales, eliminar la propiedad, perseguir a su pueblo, negar la verdad e inventar las más insólitas excusas para justificar el desastre.

Venezuela está arruinada. Es la obra mayor del socialismo del siglo XXI, y de cómo la democracia electoral, transformada en herramienta revolucionaria, puede negar sistemáticamente los derechos e instaurar un autoritarismo que no deja resquicio ni respiro, que no admite discrepancia, que encierra y reprime.

Venezuela ha llegado a un punto de inflexión del que surgen serias cuestiones sobre la función del poder, sobre los límites de los gobernantes, sobre la caducidad de las instituciones. ¿Está el poder para servir a todos, está para representar al “pueblo” en su integridad, está para aplicar recetas y ensayar doctrinas? ¿Tiene derechos intocables un gobierno, o tiene solo facultades revocables que no le autorizan a actuar más allá de la razón y de la Ley? ¿Se puede, en nombre de las leyes, obrar en contra del Derecho que tienen los hombres a intentar la felicidad en su tierra?

La resistencia de los venezolanos, y de las mujeres venezolanas -como fue la de los ucranianos en 2014- plantea, a través de voluntades expresadas en la calle, un cuestionamiento fundamental contra el poder y los sistemas de dominación ideológica encubiertos en el disfraz de la democracia populista. Pone en evidencia el agotamiento de las instituciones, convertidas en comedia de burlas. Pone en cuestión el abuso y la distorsión de la representación política, la función de las minorías y los derechos de las presuntas mayorías. Plantea, en fin, la necesidad de volver al viejo concepto de república, de Estado de Derecho, de límites al ejercicio del poder de los jueces y gobernantes, y de división efectiva de funciones.

El drama de Venezuela marca el fin de un tiempo en América Latina, el tiempo del autoritarismo revivido.

Entender ese tiempo, que nace con dolor, como siempre ha ocurrido en la historia, es cuestión de talento, sensibilidad y grandeza; es cuestión de asumir que las mayorías electorales, transitorias como son, no transforman la naturaleza de las cosas, que el poder es precario y ajeno, que la única justificación de la existencia del Estado es lo que alguien llamó la “felicidad política”, esto es, el conjunto de condiciones necesarias para que cada individuo, con su esfuerzo, llegue a la plenitud en libertad.