Alfredo Astorga

Maldito error

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De lo que se conoce, ningún científico, por brillante que haya sido, inventó o descubrió nada a la primera. Se dieron con la piedra en los dientes una y otra vez. Metieron la pata varias ocasiones.

Este trayecto de borra y va de nuevo, lo hemos sentido en carne propia todos los mortales. Los poetas y periodistas, los mecánicos y artistas, las bailarinas y políticos, los apostadores. Sin embargo, cuando logramos al fin el ansiado objetivo, nos olvidamos del resorte que lo permitió… el error repetido, la equivocación inevitable, el maldito error. En el mundo de la educación el error ha sido pisoteado. El sistema ha especializado verdaderos pesquisas para hacer patente el error, exhibirlo, penalizarlo con saña. Cuántas personas culpamos al maldito error por un aplazamiento, la pérdida de un cupo, el fracaso de una beca. Y si estiramos la sábana, cuántos le achacamos un despido, un amor mal abordado.

La maquinaria de supervisión y evaluación de estudiantes, profesores, empleados, se ha cebado contra el error. Ningún organismo internacional ha reivindicado el derecho a equivocarse. Nadie recuerda que ha sido fuente generosa de los mejores aprendizajes en el afecto, los inventos, el trabajo. Todos olvidan que el aprendizaje inmediato no existe.

El asunto no se queda ahí. Al descalificar el error, mutilamos una de las maravillas que quedó arrinconada en la infancia… la curiosidad, el sentido de aventura, la sed de probar lo nuevo, aun con riesgos. La consecuencia es predecible, y se llama quietud. Quietud por miedo, por seguridad. Quietud para no quedar expuesto.

Resultaría un poco absurdo, imaginar al error como protagonista de los aprendizajes en las escuelas. ¿Se figuran el despelote y la cara que pondrían las autoridades?… niños arriesgándose sin temor a equivocarse, jóvenes apostando hasta acertar, adolescentes apasionados en las búsquedas y no solo en el resultado. ¿Se imaginan escuelas premiando los errores con mayor potencial de aprendizaje? Parecería absurdo, pero peor es creer que los errores son fracaso, negar que son señales de búsqueda, oportunidades.

¡Realmente un sueño!... estudiantes, docentes, directivos, autoridades, políticos, admitiendo errores, desarmándolos, encontrando explicaciones y perfilando nuevos procesos, tal vez inéditas equivocaciones. Afirmando la conocida expresión: “me equivoco, luego aprendo”.

En estos meses, pródigos en balances, nos vendría bien a todos un ejercicio sano y agudo de reconocimiento de errores del año pasado. Verlos cara a cara, escudriñarlos sin culpar ni culparse, exprimirlos para extraer las mejores lecciones. Se podría intentar. ¿Por qué no? Todo vale cuando expira un año y comienza otro. Nada es peor que repetir y repetirse en la vida.