Milagros Aguirre

Ciudadanía inútil

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La opinión ciudadana poco importa. No importa a nivel nacional y tampoco a nivel local. Las autoridades son sordas. Y ciegas. Abundan los ejemplos en todas las instancias. No importa la voz ciudadana, cuando hay voz, claro. Lo que importa son los intereses particulares por sobre el bien común, aunque sean con el justificativo de “interés público”, frase construida para la simulación. Ejemplos, sobran, aquí y en la quebrada del ají:

Nadie quiere el Metro de Quito pero… se hace el Metro de Quito duélale a quien le duela. A nadie le parece que la “solución vial Guayasamín” sea una solución vial, pero las autoridades ya decidieron y contrataron. Los ciudadanos piden más parques y en lugar de plantar árboles lo que plantan en la ciudad es gigantescos complejos arquitectónicos para la burocracia llamados pomposamente, “plataformas”. ¡Cuántos parques nuevos cabrían en su lugar en distintos puntos de Quito! ¡cuánto se ahorrarían en esta crisis (o difícil situación del país, cómo prefieran llamarla)!

En lugar de un parque, inaugurado con toda la parafernalia, dejaron un aeropuerto disfrazado de parque o un parque disfrazado de aeropuerto. No se han tomado la molestia hacer algo útil, bello y al servicio de la comunidad. No. El que quiera usar esa infraestructura aeroportuaria,!que la adapte! Sí. Que se invente algo para que no parezca aeropuerto, que lo use y lo deje tal cual, ¡que gaste el doble!

En lugar de derrocar ese edificio y diseñar verdaderamente un parque, con recintos feriales o con juegos infantiles, con árboles y senderos, lo que se derroca pasando un día es alguna de las casas supuestamente patrimoniales de La Floresta, donde además, las autoridades se han pasado por alto las ordenanzas sobre el uso del suelo, hechas luego asambleas, debates y, supuestamente, acuerdos entre los ciudadanos y las autoridades.

La Floresta es uno de los pocos barrios quiteños que conserva aún la vida de barrio, es, principalmente, residencial, lugar de gente de oficios, de buena vecindad y convivencia, medianamente organizado, con dos universidades, una calle para el disfrute del paladar, un cine y algunos cafés, tiendas y galerías. Hoy, corre el riesgo de volverse una extensión de La Mariscal con todo lo que eso implica (inseguridad, bulla, tráfico). Pero las autoridades son sordas: no escuchan a La Floresta, no escuchan al barrio Bolaños, no escuchan a los moradores de El Condado, que ha puesto reparos a los cables.

Así no se puede ejercer ciudadanía. No cuenta su voz, cuando puede hablar, cuando deja el silencio y la indiferencia. Su voz llega tarde, cuando ya está hecho y masticado: a las puertas de aprobarse el Código Ingenios, cuando el contrato para el Metro ya estaba firmado, cuando la solución vial Guayasamín ya estaba contratada, cuando la leche ya se ha derramado. ¿Ciudadanos? ¿para qué?