Marco Antonio Rodríguez

Cinismo y política

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Los historiadores de la filosofía ubican al cinismo como un movimiento surgido en el siglo IV A.C. ¿Fueron discípulos de Sócrates quienes lo fundaron? Nicolás Abbagnano en su Historia de la filosofía solo nombra a Antístenes (Grecia, 444 - 365 a. C.) como su hacedor, y pensadores como Heinrich y Sloterdijk creen que fue más bien un grupúsculo de jóvenes disidentes del discurso socrático quienes lo crearon. A sus prosélitos los llamaron “perros” por su estrafalaria estampa, escasa alimentación y vida de vagamundos.

En acepción actual los cínicos serían los antagonistas del sistema. Sentían repulsa por usos, costumbres, leyendas, tradiciones, ciencias, convenciones sociales. Códigos, normas, leyes que regían en ese tiempo eran objeto de su reprobación y censura. En el fondo, se leudaba en ellos un creciente rencor contra todo lo establecido urdido por la expoliación al pueblo, gracias a cuyos tributos, reyes, reinas y sus camarillas vivían en la opulencia, fastos, orgías, incestos.

Esta corriente alcanzó a Roma, Constantinopla y Alejandría, diluyéndose hacia el siglo V. Diógenes el Cínico es, quizás, la figura cardinal de esta corriente, con su lámpara diurna que le permitía alumbrar su camino en busca de “hombres honestos”. Hay en los cínicos originarios un horizonte ético desafiante, no obstante el ominoso término con que se los conocía, “perrunos”: desaliñados, gandules. Algunos historiadores creen ver a los cínicos griegos, antecesores de quienes, siglos más tarde, militaron en el hipismo y en movimientos, encarnizados adversarios del statu quo.

El cinismo, entonces, tuvo un nacimiento plausible, meritorio. El arquetipo de nuestro tiempo, en cambio, es la encarnación de la desvergüenza y la procacidad. Se mueven como mangostas (más veloces que las serpientes), vociferando que son ángeles redentores perseguidos por la opinión pública, astros bendecidos por la historia, diosecillos indispensables destinados a guiarnos. Eso sí, no pueden ocultar la laptop y los proyectos “salvadores” (cualquier ingenuo infiere que desde allí vigilaban concusiones, sobornos, latrocinios…).

Creer que el paje mayor del cabecilla fue quien tuvo la ideación de los saqueos queda para la fábula. Ellos, los segundones, solo son recolectores de las fortunas mal habidas. En los Estados de propaganda, las masas se prendan de las imágenes y quedan paralizadas (neutralizadas). Sin embargo, todo se eclipsa y concluye. Los genios de la publicidad se esfuman. El golpeteo inicuo del mensaje con que convencen a los pueblos que viven en el paraíso se desvanece. Y allí queda la gavilla de palurdos, inerme y desvalida, prófugos unos, guarecidos otros, y los más tardos fungiendo de héroes y heroínas, defendiendo esa ciénaga inmunda y maloliente que dejan los científicos del desastre.

Columnista invitado