Juan Cuvi

Cien mil pelagatos

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Cuando a Dilma Rousseff le preguntaron qué iba a hacer frente a las multitudinarias protestas en Brasil, respondió que al pueblo hay que escucharlo en las urnas y en las calles. Ergo, convocó a un diálogo con todas las fuerzas políticas involucradas en el conflicto. En ningún momento se le ocurrió incursionar en el pantanoso y ambiguo terreno de la contabilidad para descalificar las marchas. Daba lo mismo que fueran dos millones, un millón o medio millón de manifestantes. El problema de fondo es que existe un nivel de descontento que debe ser asumido con una respuesta política, no contable.

Demostrando un talante razonable y profundamente democrático, que no proviene de la retórica barata sino de un análisis serio y responsable de la coyuntura política, la Presidenta de Brasil admitió que algo no estaba funcionando bien en su gobierno y en el proyecto del Partido de los Trabajadores.

En el Ecuador, en cambio, la política oficial se reduce al astuto arte de maquillar balances. Desde la caída de Lucio Gutiérrez, Quito no había presenciado una marcha voluntaria y espontánea tan nutrida como las del pasado 19 de marzo. Ni siquiera las movilizaciones remolcadas por el Gobierno –con sánduche, cola y bus de por medio– han alcanzado semejante nivel de convocatoria. Sin embargo, las principales autoridades de Gobierno se han dado a la ingrata tarea de tergiversar olímpicamente las evidencias. Pura viveza criolla. Como si los ecuatorianos fuéramos, además de ciegos, mudos.

Si aplicamos las matemáticas oficiales para establecer el número de manifestantes en las calles de Quito, y sacamos un promedio entre la versión oficial y la de la oposición, podemos concluir que hubo cerca de un cuarto de millón de personas. Simple: si sumamos los 100 000 pelagatos que muchos contaron, a los 5 000 de los que habla el Presidente, y lo dividimos para 2, da como resultado más de 200 000. Justamente por hacer esas operaciones matemáticas hoy nos clavan las salvaguardas arancelarias.

Calificar a la marcha como un “contundente fracaso” es, más que un acto de cinismo, una peligrosa muestra de enajenación. Es una pérdida del sentido de la realidad. Cualquier empresario sabe que si maquilla los balances para tapar huecos, tarde o temprano su negocio se va a pique. Con riesgo de cárcel incluido.
Si el pasado jueves las manifestaciones triplicaron la asistencia de las anteriores significa que el descontento social va en aumento, que la publicidad oficial agotó su magnetismo y que las cifras no cuadran en las encuestas de popularidad.

Algo grave está agobiando a la población, incluso a los (¿ex?) correístas que salieron a las calles. Atribuirle a la CIA las estrategias de la marcha es como endosarle a los colchones la responsabilidad por los embarazos adolescentes. ¡Faltaba más!