César Montúfar

Defensa del fútbol

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15 de junio de 2014 18:50

El fútbol tiene su magia incomprensible, pero a ella solo tienen acceso los niños. Y es que no hay nada de la vida de los adultos que se parezca tanto a un juego, y no hay juego en la vida de los niños que se parezca tanto a una cosa de grandes.

En esta paradoja pienso que radica su atracción. El fútbol se parece tanto a la vida con sus altos y bajos y al mismo tiempo es tan distinto a ella, que puede actuar como antídoto momentáneo para la tristeza y las preocupaciones más terribles del día a día, si uno por 90 minutos sube o baja del paraíso al infierno simplemente si una pelota ingresa en el arco contrario o en el propio. Y las paradojas no se detienen. No hay nada más triste que los graderíos en un estadio vacío y nada tan lleno de comunidad que el Atahualpa hinchando por la Selección en un partido de eliminatorias. El fútbol nos lleva y nos trae de la realidad; oculta lo importante y hace visible lo transcendente. Es un juego contradictorio; puede alcanzar y superar a las más bellas artes y también caer en el aburrimiento más brutal. Y todo en el mismo juego, sin cambiar de escenario, con los mismos jugadores.Yo me declaro amante apasionado del fútbol, hincha absoluto de Selección y devoto de la Academia. En tal condición lo defiendo de aquellos inteligentes que lo atacan diciendo que se trata de un deporte superficial, tan estúpido que debe jugárselo con los pies. Me separo de aquellas almas iluminadas que encuentran siempre cosas más interesantes que hacer antes que clavarse frente a una pantalla para observar un partido cualquiera. Parto aguas con los genios que piensan que un gol es solo un acontecimiento de la física; rompo con los críticos de arte, huérfanos de hinchada, que no pueden ver la belleza de una camiseta, y no las coleccionan, y no puedan sentir los detalles que las diferencian. Deploro a los místicos que no conocen lo que es una pelota de fútbol y los compadezco si nunca durmieron con ella (yo sí, de niño, dormí con mi balón). Me separo de los economistas sabios que lo descalifican por ser un negocio de la FIFA (que indecentemente lo es), de los puritanos que lo miran desde arriba porque su esencia también ha sido topada por la corrupción, o cual ciertamente lo distorsiona; de los idealistas que lo ven como un foco de alienación; de los materialistas que lo consideran un arma del poder.
A todos ellos, genios, místicos, sabios, críticos, idealistas les planteo un simple desafío. Congréguense un domingo cualquiera en un graderío del estadio Atahualpa para mirar, sin anteojos ni prejuicios, el cielo, la cancha, los arcos, la visera enorme de concreto. Y respondan con sinceridad, sin poses, si no es ese el lugar más hermoso de la Tierra: que huele a empanada de crocante morocho y suena a gritos de emoción; lágrimas de tristeza y júbilo, gritos destemplados que retumban en el infinito; memorias inagotables y presencias eternas de abuelos, padres e hijos que se repiten y repiten en cada gol. Quienes pasen esta prueba aún podrán salvarse; los que no, que se quemen por siempre en sus infiernos.