Patricio Quevedo

Centro centralísimo*

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2 de April de 2014 00:02

Apenas finalizó la tremenda Guerra Civil Española, por obra de Francisco Franco Bahamonde, ocurrió un fenómeno muy singular. Y es que no se instauró un régimen especialmente severo, ni especialmente represivo, sino que se puso énfasis sobre lo doctrinario que se les planteaba a los españoles, justamente cuando habían estado en las vísperas de ocurrir los ominosos episodios de la Segunda Guerra Mundial.

De esta suerte, a lo largo del extenso período de Franco, fue factible descubrir variados aspectos en cuanto a la situación interior del Régimen según sus diversas épocas. Así se registró en sus inicios, una época de notable cercanía con los principios que guiaban a otros regímenes totalitarios que formaban parte del llamado bloque del Eje.

Pero cuando ya se resolvió después de las campañas de Rusia y del Norte de África, que los países totalitarios estarían perdidos, y que el nuevo orden mundial se estructuraría más allá de sus criterios, la situación se volvió notoriamente crítica. Los españoles tuvieron que apelar a sus mayores energías nacionales para resistir frente a una presión de muchos países, que amenazaba con dar al traste con todo lo que se había conseguido.

Ya en las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, se marcó la irrupción de mecanismos más tolerantes y desde ahí poco a poco la situación se pudo entender que se había regularizado apropiadamente.

Pero otras amenazas de diverso cariz se manifestaron ya en tiempos mucho más contemporáneos como el terrorismo de los grupos exaltados vascos y los métodos a los que solían acudir para conseguir los propósitos políticos que se habían trazado. Esto dio ocasión para que dentro del propio régimen franquista, ya bastante desgastado, se robustecieran los procedimientos de represión contra los grupos a los que se había designado previamente como enemigos. Entre tanto, todavía seguía siendo un asunto de vital importancia, el vinculado con la propia sucesión del generalísimo Franco y la decisión que soberanamente él adoptara en esta materia tan clave. En última instancia y después de muchos episodios dramáticos, Franco se inclinó más bien por el nieto -Juan Carlos- y no por el hijo -Juan de Barcelona- de Alfonso XIII; y en obedecimiento de esa lógica se continuaron atando los distintos cabos del viejo Régimen franquista. A este período tan delicado suele conocerse con el nombre de "La Transición", y mediante aquélla se pudo salvar de manera apropiada los intereses generales del pueblo español gracias a la propia actuación del rey Juan Carlos, sus colaboradores, y de manera superlativa a Adolfo Suárez, cuyo fallecimiento acaba de tener lugar y que merece sin duda los más amplios homenajes de Estado.

*Esta es la última columna de Patricio Quevedo Terán, quien falleció ayer por la mañana. ¡Paz en su tumba!