8 de April de 2014 00:03

Cataluña y España

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Carlos Alberto Montaner

 Más del 50% de los catalanes desea separarse de España, porcentaje que aumenta paulatinamente. Aunque, coyunturalmente, podría reducirse, si la Constitución autorizara plebiscitos.

El nacionalismo catalán tiene vieja data. Tuve cuatro tías abuelas en Cuba, bonitas y educadas, que quedaron solteras porque nunca encontraron esposos catalanes. Siendo jóvenes viajaban anualmente a Cataluña para buscar compañeros, pero regresaban con las piernas vacías. Ejercían un "nacionalismo genital". Anécdota que provocó a Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat, se le aguaran los ojos de patriotismo.

Los catalanes independentistas argumentan tener una historia parcialmente diferente y hablar otra lengua. Pero sus compatriotas responden que otras regiones, incluso dos, además del castellano, hablan gallego y euskera.

España, precisamente, es eso: un mosaico de trozos medievales edificado sobre un sustrato celtibérico al que Roma dotó lengua, ley, religión y perfil urbano comunes. Con esos mimbre los Reyes Católicos trenzaron la España del siglo XV.

Pero el nacionalismo no razona. Es una emoción profunda que unifica a las tribus. Esto lo entendí cuando leí al brillante antropólogo español José Antonio Jáuregui. Para Jáuregui, nuestra especie estaba a merced de los neurotransmisores, grandes fabricantes de sensaciones placenteras o dolorosas, cuyos mecanismos solamente consideran que el bicho humano se reproduzca y prevalezca.

El amor patrio, la emoción a escuchar himnos nacionales, sentir orgullo por las victorias de nuestros ejércitos, distinciones conferidas a nuestros héroes o gritar de alegría cuando gana nuestro equipo, las inducen los neurotransmisores para que las reproduzcamos. Pero si vamos en dirección opuesta nos castigan. Por eso es inútil decirles a los independentistas catalanes que separarse es mal negocio. Las emociones no se combaten con razones. ¿Qué hacer? No hay respuestas claras.

Quizá la menos mala sea juntar a los partidos nacionales (PP, PSOE, y UP y D) y forjar una barrera legal infranqueable. O modificar la Constitución para abrir la puerta de la secesión, como los canadienses hicieron en Québec o los ingleses en Escocia.

Probablemente la mayoría de quienes habitan Cataluña no quieran independizarse si desapareciera la sensación de ser víctimas de una gran injusticia, el factor que incrementa la temperatura nacionalista.

Lo importante es solucionar el conflicto pacíficamente. El pasado 1 de abril se cumplieron 75 años del fin de la Guerra Civil española. Cientos de miles murieron entonces. Uno de los factores que los lanzó a las trincheras fue el separatismo. Nunca más debe suceder. Paradójicamente, la manera de evitarlo sea abrir la puerta, pero invitando a los catalanes a quedarse. Son una parte fundamental de España.

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