Monseñor Julio Parrilla

No castrar la creatividad

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Una de las mayores penitencias es constatar las faltas de ortografía de nuestros estudiantes, así como sus grandes dificultades para redactar bien. A estas alturas, contando con los procesadores de texto, no sé si el tema es relevante. Mi viejo profesor solía decir que los escritores en el Siglo de Oro producían palabras con diferentes ortografías, pero lo valioso era su creatividad. Por mi parte sigo defendiendo el valor de la ortografía, pero comprendo muy bien lo que mi profesor quería decir: que es necesario ser educados en la creatividad.

Personalmente, tengo una buena caligrafía y mi ortografía es bastante aceptable. Sor Sabina, la potente Hija de la Caridad que me enseñó a leer y a escribir, no permitía que me saliera de los márgenes y que ninguna falta salpicara mi cartilla infantil. Decía (era Hija de la Caridad e hija de su tiempo) que la gente bien se distinguía por su impoluta forma de escribir. Ahora, la informática ha eliminado esta barrera y nos ha ido nivelando a todos.

En un mundo cambiante como el nuestro, las universidades no deben ser selectivas, sino inclusivas y el tema de fondo ya no es la erudición sino la creatividad. Por eso, por encima del trabajo memorístico, hay que promover la creatividad, la capacidad de sacar de dentro a fuera las enormes cualidades y capacidades que tenemos. En latín, “educere” significa precisamente esto que estoy diciendo. Cuando yo comencé mis estudios universitarios, al amparo del barroco compostelano, sacar un título era como sacar un pasaporte seguro al empleo. Algo hay todavía de verdad en ello. Pero lo cierto es que si quieres ser un buen profesional, se requiere capacidad investigativa y creativa. Es decir, ideas originales, no sólo aprender las ajenas y repetir como loro lo que ni siquiera es tuyo.

Yo suelo decirle a los jóvenes que un burro delante de un computador sigue siendo un burro. No podemos despreciar un medio tan fantástico, pero se necesita algo más. Ese plus pasa por la creatividad. Nuestro sistema ecuatoriano sigue siendo demasiado memorístico. Seguimos siendo deudores de lo que Paulo Freire llamaba la “educación bancaria”, repetitiva y acumulativa y, en algún momento, inevitablemente obsoleta. Dudo que en semejante sistema la autoexigencia sea un valor en alza. De hecho entre nosotros hay altos índices de aprobados con poco esfuerzo. Incluso nos olvidamos de que será la vida quien se encargue de aprobarnos o de suspendernos.

Mucho de lo que enseñamos ahora lo hará mejor la Inteligencia Artificial dentro de unos años. El tema es saber si los jóvenes aprenderán a crear ciencia, arte o ideas nuevas que es, así lo creo, la única manera de competir con la tecnología del presente y del futuro. La ventaja de la creatividad es que no conoce clases sociales. Amancio Ortega no es universitario, pero supo crear Zara. No es poco.

jparrila@elcomercio.org