Óscar Vela Descalzo

La carta de Diego

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Circula por las redes sociales la estremecedora carta que dejó Diego, un niño de 11 años, poco antes de suicidarse. El texto de la carta, dirigido a sus padres, refleja la angustia que sentía el pequeño al ir a su colegio. Se presume por sus palabras y por ciertas investigaciones que se trataría de un caso de acoso. Dice él en su carta: “Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir”.

Esta tragedia, como tantas otras similares que suceden a diario, nos debe llevar a reflexionar sobre temas como el acoso o ‘bullying’, pero también sobre nuestra actuación como padres y profesores, según corresponda. Para esta reflexión deberíamos tener en cuenta que el abusador y el abusado han existido siempre, en todas las épocas y en las distintas sociedades. De hecho, quienes pasamos por las aulas escolares, sin importar el tiempo que hubiera transcurrido, recordamos los casos emblemáticos, a veces graciosos, a veces muy crueles, de los compañeros abusados y de los abusadores. En muchos casos nosotros mismos estuvimos alguna vez en uno u otro lado.

Cuando hoy conocemos estos sucesos, gracias a la tecnología que nos tiene al tanto cada segundo de lo que sucede en el mundo, me pregunto: ¿acaso antes no pasaba exactamente lo mismo? ¿Acaso antes, cuando éramos niños, no se producían casos como el de Diego? Estoy convencido de que antes sucedía también, pero el acceso a la información no era igual y, posiblemente, muchos casos similares se quedaron con las interrogantes y el dolor dando vueltas entre las paredes de esos hogares y nunca salieron a la luz.

Todas las épocas son distintas. Antes los padres estaban menos vinculados con las actividades escolares y recreativas de los niños porque se decía que en la calle, en las ciudades en general, había menos peligros. Es posible que esa fuera la razón, pero en todo caso hoy los padres están más comprometidos con las actividades de sus hijos tanto en el colegio como fuera de él, y, sin embargo, el problema persiste. Hoy además se cuenta con las herramientas tecnológicas para monitorear y controlar mejor a los chicos, pero igual hay a diario casos como el de Diego. La tecnología ayuda mucho, pero también nos separa, nos distancia, y sobre todo, mata el diálogo en la familia.

Quizá una forma para evitar este tipo de tragedias sea mantener un diálogo abierto, o poner mayor atención a nuestros hijos, conocer por ejemplo sobre sus gustos, aficiones, temores, frustraciones, sentimientos… También, obviamente, mejorar la calidad de tiempo que les damos, pues a veces no basta con estar allí si solo lo hacemos por cumplir y en realidad estamos hipnotizados por el celular. La responsabilidad en gran parte será nuestra, de los padres, y también del colegio o escuela durante el tiempo en que ellos tienen a nuestros hijos bajo su tutela.

A todos nos corresponde ser más observadores, más abiertos con ellos, más intuitivos y, por supuesto, más cariñosos.

ovela@elcomercio.org