Milagros Aguirre

El cambio

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Cierto. El país cambió en una década. No hay como negar eso. El país no volverá a ser igual. La política ha divido en dos bandos al Ecuador y ha transformado las discusiones políticas de cafetín, en odio, intolerancia y posiciones irreconciliables.

Se han enfrentado familias. Se han enfrentado amigos. Se han roto relaciones. El país de hoy no tiene partidos, tiene movimientos, que no es lo mismo, pero es igual. Tampoco sindicatos ni de obreros ni de maestros.

A cambio, tiene redes y movimientos que se acomodan como las piezas de un rompecabezas al poder. En el país de hoy ya no se debate ni confrontan ideas: se espía, se hackea, se bloquean, se difama y se escudriña en los lugares más íntimos de las personas.

La clase media alta del país también ha cambiado: de generadora de ideas y consumidora de obras de arte, revistas, publicaciones y noticias a consumidora de televisiones de plasma, celulares, autos de lujo, yates y hasta helicópteros y solo se enteran de las noticias por twitter.

Las nuevas oligarquías hacen lo mismo que las anteriores oligarquías: tienen mansiones y hacen fiestones. Los corruptos de hoy hacen lo mismo que los corruptos de ayer, solo que con más plata.

El país de hoy es un país caro, tan caro como cualquier país de Europa y, algunas cosas se encuentran muchísimo más baratas en Estados Unidos. El país de hoy tiene mejores servicios que hace diez años –sería el colmo lo contrario- gracias a la tecnología. Pero tiene, también, más burócratas, que, junto a los procesos, los impuestos, las obligaciones y las barreras, vuelven imposible cualquier gestión: trabajar y dar trabajo en Ecuador es caminar por una pista de obstáculos.

El país de hoy tiene más de cemento, incluidas carísimas carreteras, hidroeléctricas, ciudades del milenio, infraestructura petrolera, enormes y horrendos edificios para la burocracia, pero tiene mucho menos de verde y de amigable.

El país de hoy tiene una madeja de leyes muy complicada de desatar. El país de hoy tiene miles de desempleados. Y a falta de empleo formal, le ha dado por los emprendimientos: pequeños negocios en los que, casi siempre, son mayores los gastos que las ganancias.

Hay cosas que no han cambiado: las mismas gentes corruptas de antes son las que se enquistaron en el poder de ahora y seguramente (las que queden) estarán en cargos del mañana.

Siguen siendo pocas las familias que son dueñas de todos los recursos y muchas las familias, las que siguen sin nada. Sigue el país inundándose en cada invierno. Y se sigue, también, endeudando, aunque hayan cambiado los prestamistas. Con el agua y con las deudas hasta el cuello seguimos en este país que cambió, pero no cambió, que en más de treinta años de democracia no ha tenido otra opción que votar por el menos malo en cada elección.

maguirre@elcomercio.org