José Ayala Lasso

¿Cambiar para seguir igual?

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El licenciado Lenín Moreno asumió el poder en un país dividido y agobiado por problemas extremadamente complejos, cuya solución solo será posible mediante consensos que tomen en cuenta a las distintas tendencias de pensamiento que existen en el país y no solo a la ideología gubernamental.

El gobierno debe admitir que es indispensable reunificar espiritualmente al país, desechando las políticas divisionistas de su antecesor. De lo contrario, todo diálogo que quiera ensayar será imposible o infructuoso.

Una parte de la oposición duda que el señor Moreno quiera o pueda apartarse de los caminos trazados por quien lo eligió como candidato y lo consagró como triunfador en la contienda electoral. El pensamiento político de Moreno, en todo lo poco que de él se conoce, coincide con las tesis revolucionarias de Correa, quien seguirá impartiendo orientaciones y controlando su ejecución.

Tal es el propósito de los tres libros blancos con instrucciones sobre políticas y programas entregados al naciente gobierno. La conformación del nuevo gabinete con las mismas personas en distintos ministerios abona tal tesis. Otros se inclinan a dar a Moreno la oportunidad de demostrar que desea hacer un gobierno diferente al anterior, si no en cuanto a políticas, por lo menos en lo tocante a métodos y procedimientos.

El poder de una sonrisa parece haber sido ejercido con eficacia sobre quienes así opinan. Si el diálogo al que tanta veces ha elogiado Moreno en estos últimos días, se concibe como un método para llegar a consensos y no como un disfraz retórico para aducir que las decisiones previamente tomadas han sido “consensuadas con los directamente interesados”, estará recorriendo el buen camino.

La división trágica que existe en el Ecuador es el resultado de la política de confrontación y descalificación que implantó Correa. En consecuencia, Moreno debe cambiar radicalmente esa política, si quiere unificar al pueblo ecuatoriano. Encontrará dos obstáculos mayores: muchos de sus ministros, beneficiarios del régimen correísta, velarán para impedirle tomar decisiones distintas a las fijadas en los tres libros blancos y, además, el propio Correa, de cerca o de lejos, lo vigilará permanentemente.

El tema de la corrupción le tiene escandalizado al pueblo que observa los escasos resultados alcanzados, por incapacidad o por deliberada negligencia, para denunciar y castigar a los culpables mientras -¡qué ironía!- los cañones judiciales del gobierno han disparado contra la Comisión Ciudadana que lucha contra la corrupción. Finalmente, Lenín Moreno deberá tomar decisiones graves y acertadas para afrontar la crisis económica que hereda de su antecesor. No será suficiente reemplazar los truenos de Júpiter por apacibles cantos de sirenas.