21 de May de 2010 00:00

Un café con Manuel Caballero

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Simón Alberto Consalvi

Manuel Caballero no va a misa desde que tenía 7 años, cuando hizo la primera comunión. No le pregunto si es ateo porque me abstengo de poner a los amigos en ascuas. Si yo fuera Saramago (delirio extravagante) y hubiera escrito la gran novela Caín, diría que Dios suele ser generoso con quienes no creen en él: Manuel está otra vez en luna de miel, y no hay mejor prueba de existencia del Altísimo.

El historiador tiene una colección de arte popular con la imagen de la Divina Pastora, y le pregunto si es un signo de fe. "Nunca le pido nada -dice-. De hecho, nunca rezo. Pero ella es tan generosa conmigo, que se la pasa haciéndome milagros: solidaridad de paisanos, supongo".

-¿Has pensado alguna vez en que los pecadores van al infierno? -Pero también los justos: ¿no estamos en este país desde hace 11 años pagando justos por pecadores? Manuel acaba de escribir Historia de los venezolanos en el siglo XX, editado por Alfa.

-¿De qué se trata, en pocas palabras? -Un intento de escribir la historia de los venezolanos en el siglo XX -responde-. ¿Por qué no "Historia de Venezuela"? Por dos razones: Es en el siglo XX que podemos llamarnos venezolanos, por haber logrado la integración como nación, y conciencia de serlo. Además porque “Historia de Venezuela” remite a un texto descriptivo, lo trato de evitar: intento combinar información y reflexión.

Le pregunto a Manuel cómo imaginaría a Venezuela sin petróleo; desdeña la pregunta y me dice, simplemente, que no lo sabe ni le interesa saberlo: “Yo no practico lo que la insondable erudición de Luis Castro Leiva llamaba ‘contrafactualidad histórica’, la historia es lo que es, no lo que debió haber sido”. Santa palabra. Persisto en el ejercicio imaginario y le pregunto al historiador por el futuro que se aproxima en este ambiguo siglo XXI, y me da sus claves, como quien no le hace concesiones a las fantasías ni elude lo extravagante de estas realidades: -No soy profeta ni iluminado. Parto de lo que hemos vivido en el siglo XX, y decimos que en el XXI seremos actores y testigos de la misma situación que hemos vivido : la lucha entre la política, o sea, el reino de la imaginación, y la peste militar, o sea, el reino de la estupidez. Si Venezuela quiere ser un país y no solo “un gentío” debemos vacunarnos contra esto. Pero sabiendo que siempre estará presente, buscando aniquilarnos. A Dios gracias, si no, este sería un país muy aburrido.

Al final, lo inevitable: qué piensa la llamada “reescritura” de la historia. Concluye: -Maxime Rodinson escribió que cada generación vuelve a escribir la historia, a la luz de sus preocupaciones presentes. Pero lo que la peste militar pretende no es reescribir la historia, sino abolirla, para sustituirla por una imbécil tira cómica dentro del proceso de cretinización de un pueblo para convertirlo en masa gregaria y aclamacionista.

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