Jorje H. Zalles

Bondad privada vs. bondad social

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3 de junio de 2014 22:00

Aunque hay personas que por desgracia no sienten vínculos afectivos con nadie más, la vasta mayoría sí queremos hacer una diferencia positiva en las vidas de alguien, alegrando, ayudando, cuidando, protegiendo a una hija o un hijo, a una madre o un padre, hermana o hermano, amiga o amigo, enamorada o enamorado, esposa o esposo. 

La mayoría logramos hacer esa diferencia positiva. Cada día, en todas partes del mundo, se dan infinitas muestras de bondad privada: preocupación, cuidado, alivio de las angustias y atención a las necesidades de seres queridos y cercanos, gestos de generosidad, de amabilidad, de amor que en bella frase de San Pablo “no es egoísta”.
En notable contraste, pocos entre nosotros quieren y buscan ejercer la bondad social, que consiste en hacer una diferencia positiva en la sociedad, más allá de los pequeños círculos de la familia y de las amistades cercanas. La bondad social se preocupa no solo de satisfacer necesidades o paliar dolores propios y cercanos, sino de resolver problemas y engendrar cambios duraderos en niveles más profundos y en ámbitos más amplios de inquietud y de acción, aun cuando no esté claro ningún beneficio directo para quien ejerce esa bondad.
¿Por qué es tan común la bondad privada, y tan poco común la bondad social?
Planteo que la respuesta a esa angustiosa pregunta es que en la mayoría de sociedades humanas, la gran mayoría de personas no haalcanzado niveles sustanciales de libertad. Esa mayoría consiste en personas que siguen atrapadas en las que Erich Fromm llama las “ataduras primarias”, que les hacen dependientes de otros para su bienestar psicológico y emocional. La persona adulta –en el elemental sentido de ser mayor de 18 años- que no desarrolla bondad social es como muchos jóvenes menores de 18 que disfrutan de techo, comida, vestimenta y demás privilegios de ser hijos de familia, pero que en el momento en que se les pide asumir responsabilidades y contribuir de alguna manera al bienestar de la familia, responden con un airado “¡Déjenme en paz!”.
Al contrario, la persona que asume el reto de contribuir a construir una sociedad mejor es adulta en un sentido más total, y no exclusivamente cronológico: es adulta porque es libre de aquellas ataduras que le llenan de miedo, inseguridad y voluntad de sometimiento y, en consecuencia, confía lo suficiente en sus propios juicios como para cuestionar tradiciones, hábitos y paradigmas largamente dominantes, no como acto de rebeldía, sino en la madura convicción de que se puede hacer mejor las cosas.
Solo una persona libre es capaz de desarrollar la fuerza interior necesaria para cuestionar las realidades moralmente inaceptables de su sociedad, sentirse en capacidad de cambiar esas realidades, y emprender en acciones concretas orientadas a lograr tales cambios.