Carlos Montaner

Fue Cuba

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CARLOS A. MONTANER

Juan Bautista Yofre -notable periodista argentino, que dirigió la inteligencia en tiempos de Carlos Menem—ha publicado ‘Fue Cuba’.

‘Tata’ Yofre tuvo acceso a 11 000 documentos de la inteligencia checa que detallan la intervención cubana en los asuntos internos de medio planeta, especialmente en América Latina.
A ese espasmo imperial le llamaron “Operación Manuel”. Los servicios checos fueron escogidos por Moscú y el KGB para coordinar con Cuba los esfuerzos subversivos.

¿Qué hizo el castrismo en Argentina? En los años sesenta contribuyó a descarrilar la instauración de la débil democracia civil en tiempos de José María Guido y Arturo Illia. Cuba inspiró, adiestró, armó y lanzó un movimiento guerrillero contra una Argentina que intentaba enterrar el militarismo y regresar a la autoridad de la ley.

Jorge Massetti –que vivía en Cuba y dirigió Prensa Latina— fue a Salta, al frente del “Ejército guerrillero del pueblo”, para recrear la experiencia castrista, incluida la dictadura comunista. No pudo. El Ejército argentino liquidó la aventura. El cadáver de Massetti jamás apareció.

En toda Latinoamérica sucedió lo mismo. En Uruguay -documenta el expresidente Julio María Sanguinetti- la izquierda castrista, encabezada por los tupamaros, robó armerías y bancos, y secuestró, asesinó y asaltó cuarteles, provocando la reacción, a veces criminal, de los militares.

¿Por qué Cuba tuvo tanta influencia? Por la personalidad mesiánica de Fidel Castro, quien decidió conquistar el planeta y poner de rodillas al odiado vecino estadounidense, como advirtió en una carta de 1958 a su amante y confidente Celia Sánchez: “Cuando esta guerra se acabe empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.
Así fue. Me lo explicó un excomandante sandinista: “Más que un país, Cuba era un nido de ametralladoras en movimiento”.
“Hacer la revolución” en cualquier parte era el leitmotiv de Fidel Castro. Para ello buscó la protección de la URSS, suscribió el modelo represivo estalinista, el colectivismo marxista-leninista y se alió a los movimientos de liberación preexistentes, como el argelino, o contribuyó a crearlos, como el ELN colombiano, ofreciendo armas, adiestramiento, dinero y una metodología basada en la experiencia cubana que llamó “foquismo”.

¿Por qué esa locura? Porque Fidel Castro, en su juventud, durante la frustrada expedición contra el dictador dominicano Trujillo en 1947, montada en Cuba con la “Legión del Caribe”, y luego en el ‘Bogotazo’ de 1948, adquirió “el síndrome del condottieri”, ese trallazo de adrenalina que dan las aventuras militares y la posibilidad de realizar hazañas que te claven para siempre en la historia y en la atemorizada memoria de los hombres.

No en balde, por aquellos años tumultuosos, prediciendo su destino fulgurante, se cambió su segundo nombre. Se llamaba Fidel Hipólito y se puso Fidel Alejandro. Su destino era conquistar el mundo. Su caballo de batalla no se llamó Bucéfalo. Se llamó Cuba. Fue Cuba.