1 de July de 2010 00:00

Arte colonial

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Alexandra Kennedy-Troya

Lo que alguna vez fue una primicia, habitáculo de intelectuales y aristócratas, se ha convertido en pan de todos los días en términos de oferta cultural. Hablo de los museos, un fenómeno que parecería ser particularmente grato en este mundo de turismo globalizado. El destino de buena parte del patrimonio edificado es el de convertirse en museo. Si bien creo a pie juntillas en este como un espacio idóneo de servicio educativo informal que puede ayudar a transformar las mentalidades, mucho me temo que la mayoría sirve para justificar sueldos o favorecer pequeños nichos de poder al cumplir únicamente con mostrar objetos sin ton ni son. El trabajo de investigación, curaduría, montaje y programación educativa sobre colecciones es indispensable, y definir con claridad el tipo de museo que se va a presentar.

Hice un ejercicio con el Museo de Arte Colonial de Quito, reabierto después de 10 años. Básicamente se nos invita a conocer la historia de la ciudad partiendo de sus antecedentes incas (¡), pasando por el rol que cumplieron las órdenes religiosas y otros temas conocidos ya a través de los museos de la Ciudad, Alberto Mena Caamaño y la exposición del Bicentenario en el Antiguo Hospital Militar. Mientras más tiempo miraba más apreciaba el enorme valor de esta colección de arte, de la cual se puede hacer un sinnúmero de comentarios sesudos, avalados por el gran material publicado sobre arte colonial ecuatoriano en estos 20 años. Ni las cédulas ni la curaduría dan cuenta de estos aportes histórico artísticos; muchas de las piezas, sin embargo, han sido emblemáticamente estudiadas.

El público debe saber en qué contexto se arma este importante proyecto, parte sustancial de autovaloración nacional tras la Guerra del 41 con el Perú y por el que tanto trabajaran Benjamín Carrión o Alfredo Flores Caamaño, principal coleccionista del museo. Es importante aclarar qué se silencia; no existe el coleccionismo inocente, el desentrañarlo puede ser una clave para entender la historia política del país. Esta magnífica colección también nos puede dar pistas para comprender los fenómenos de la comercialización masiva de arte quiteño o la creación de un imaginario indígena durante el siglo XIX. Es indispensable ir incorporando nuevas problemáticas en torno a la cultura visual colonial y hacerlo a través de este Museo es obligatorio.

Seguimos caminando dos solitarias visitantes especialistas en el tema, imaginando muchos mecanismos interactivos para convocar el interés porque lo visiten. El museo está finalmente abierto, hace falta dotarle de contenidos, fuerza y definirlo como lo que es, un museo de arte, no de historia de la ciudad.

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