Óscar Vela Descalzo

Un ángel en la oscuridad

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6 de April de 2014 00:03

 Con demasiada frecuencia, las hazañas de los verdaderos héroes se quedan atrapadas sin salida en los pasadizos más oscuros de la historia. A finales del siglo XX, cuando ella era una anciana postrada en una silla de ruedas, se conoció la historia de Irena Sendler, la mujer polaca que salvó la vida de 2 500 niños durante la ocupación alemana a su país en la Segunda Guerra Mundial.

Nació en 1910. Fue una enfermera y trabajadora social cuya historia desapareció entre la truculenta censura literaria e informativa impuesta por el comunismo de la posguerra en varios países europeos. Sin embargo, en 1999, un grupo de estudiantes de Kansas descubrió su nombre mientras hacía un trabajo sobre los héroes del Holocausto. Más tarde, su compatriota, Anna Mieszkowska, publicó la exitosa novela 'La madre de los niños del Holocausto' revelando los pormenores de su insólita historia. En 2009 su vida fue llevada al cine con el estreno de la película: 'El valiente corazón de Irena Sendler'.

Esta extraordinaria mujer tuvo una vida comprometida con el servicio social y la asistencia a los más desvalidos. Con la rendición de Polonia en septiembre de 1939 y la ocupación alemana, se reorganizó la situación de los habitantes de Varsovia en barrios que los dividían según su origen: alemanes, polacos y judíos. Irena logró entrar como enfermera voluntaria en el gueto judío. Allí, ante la miseria y la muerte diaria por inanición y enfermedades contagiosas, ella comprendió que el destino inevitable de esos 400 000 judíos era la muerte. Entonces, aprovechándose de la preocupación alemana por un brote de cólera dentro del gueto, organizó los grupos de ayuda y separó a los niños para sacarlos del barrio de las formas más insospechadas: en ataúdes, cajas de herramientas, envueltos en ropas supuestamente infectadas, e incluso como víctimas agonizantes de brotes infecciosos. Pero además de su coraje y osadía, Irena tuvo la precaución de anotar los datos exactos de cada niño que salía del gueto, y enterró esos datos en botes de vidrio debajo de un árbol.

Cuando fue arrestada, torturada (le rompieron los huesos de las piernas y los pies), y condenada a muerte, jamás reveló la identidad de los niños ni delató a sus cómplices. El día de su ejecución, de modo sorpresivo, el agente que la conducía al lugar designado para eliminarla la liberó. Se supo más tarde que la resistencia lo había sobornado para que no se perdieran con ella los nombres de los niños rescatados. Al finalizar la guerra, esos 2 500 niños recuperaron sus identidades y los que habían perdido a sus padres fueron adoptados en distintos países de Europa.

La humanidad está obligada a recordar siempre a Irena Sendler, uno de los ángeles que iluminan de vez en cuando la oscuridad de los tiempos.