Monseñor Julio Parrilla

Amoris Letitia

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Es la nueva Exhortación Apostólica del papa Francisco, después del último Sínodo sobre la Familia. Un largo texto escrito, como siempre de forma directa, lúcida y provocadora. Un texto esperado y que será debatido en profundidad por unos y otros, los que sentirán alivio y los que sentirán temor…

Lo cierto es que no se trata de un cambio de doctrina, sino de una invitación al cambio personal y comunitario desde la perspectiva de la misericordia; es decir, del discernimiento y de la cercanía. Se trata de un texto más pastoral que doctrinal: un impulso a tomar en serio el amor, sintiendo el gozo de amarse, pasando de la fatiga de las manos (demasiado acostumbradas a poseer y a agredir) a la ternura del abrazo y de la entrega.

Nadie ignora las dificultades: tantos matrimonios en crisis; los que conviven sin ningún tipo de vínculo, civil o eclesial; los que se casan, inconscientes e ignorantes de sus responsabilidades; los que se separan y divorcian alegremente o, por el contrario, después de largos procesos de deterioro; los hijos, víctimas de una guerra expresa o larvada, antes y después de la separación…

La Exhortación Apostólica nos ubica ante la cruda realidad, pero, sobre todo, ante las necesidades que tenemos. ¿Cuáles? Regenerar nuestro amor cotidiano, amar en actitud de servicio, sanar la envidia y la violencia interior, aprender a perdonar y a relacionarnos con fortaleza y ternura, disculpar y resistir… Por todo ello, necesitamos una pedagogía del amor, precisamente para aprender a cuidar lo que amamos. ¡Ah, si las parejas aprendieran lo que es la compasión y a ponerse, por tanto, en el lugar del otro! Sería maravilloso. Y quizá entonces, solo entonces, comprenderíamos que no hay amor posible sin entrega y sacrificio personal.

En la Iglesia nos toca acompañar, discernir e integrar… con entrañas de misericordia. Vivimos tiempos de escasa resistencia y toca iluminar crisis, angustias y dificultades. Es decir, nos toca acompañar la fragilidad humana: en la preparación al matrimonio, durante el matrimonio y después de rupturas y divorcios que van dejando el campo sembrado de dolores. Acompañar siempre, también cuando la muerte clava su aguijón.

Lo cierto es que esto de amarse no es nada fácil. Quizá, en demasiadas ocasiones sigamos haciéndolo encerrados en nosotros mismos, como si fuéramos niños durante toda la vida, incapaces de comprender que el amor exige una profunda donación y salida de sí. Nunca será posible superar una crisis esperando que solo cambie el otro…

Y, a pesar de ello, siempre habrá casos en los que la separación se vuelva inevitable y moralmente necesaria. ¿Y los divorciados? Toca integrarlos en la comunión eclesial. Ni están excomulgados ni tienen que ser tratados como tales. También aquí toca acompañar y estar cercanos, evitando palabras y actitudes excluyentes… Atentos, pues, los que son más papistas que el Papa.

jparrilla@elcomercio.org