María Cárdenas R.

No me acostumbraré

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Escucho, veo a la juventud. Airados. Con convicción. Seguros de lo que buscan, de su anhelo. Pisan el pavimento con fuerza, no lo temen. Practican un derecho innato, el de la libertad de expresión. Aunque, realmente no alcanzan a imaginar el significado. Ondean sus banderas, sus voces lanzan la protesta que nace en sus almas. Ahí, en el fondo de esos seres, nuevos aún sobre la tierra, yace la esperanza de sus sueños. Muchos, inseguros de lo que significa la palabra democracia y, sin verdadero conocimiento de la real sensación de la práctica de la vida en libertad. Tienen diez y ocho años, quizá, veinte y ocho. No hace diferencia, la mayor parte de su vida, la han vivido en una revolución inexistente; fracasada, sorda, ciega, inmóvil ante una nación que resbala, sin regreso, hacia el derrotero que han permitido, por inconsciencia, probablemente, por confianza en la fuerza natural positiva.

Debía tener un límite, la historia debía cambiar el rumbo, es lo lógico, lo normal.

En democracia, los votos, reales, los porcentajes, las matemáticas son una ciencia exacta. Lo son también cuando se las aplica al revés, exactas. No me acostumbro.

Los ambiciosos líderes, borrachos de poder, perdieron la visión, las buenas intenciones retorcidas en la palabra cambio. Héroes de una revolución que nunca fue.

Blindados por la mentira, cegados por la propaganda, en la fantasía de palabras e imágenes color esperanza. Entre el rojo y el verde, el amarillo, el azul, el rojo, estrellas o soles, la espada de Bolívar, un símbolo abusado que ajusta al pueblo, a los nacionales de un territorio, entre su punta y la pared. Intenta inmovilizarlos mental y físicamente. Un elemento y práctica de principios históricos utilizados, desvalorizados por palabreros baratos que intentan, de cualquier manera, manipular a sus propios ciudadanos manipulando datos históricos valerosos. Creen que viven en libertad. Creen que practican su libertad de expresión. Creen liderar y ser líderes. Sólo la historia los juzgará.

En el nombre del pueblo, robaron su esperanza. En su nombre asaltaron su libertad, derecho innato. Los encarcelaron en una fallida revolución que no alcanza a alimentar sus egoístas deseos. En el nombre del pueblo robaron los sueños de los jóvenes. La historia pronto hará justicia. Los desvestirá ante el mundo, les despojará de los que no les pertenece, encarcelará sus sueños de opulencia, no les dejará dormir, existir en paz. Entonces, los jóvenes recobrarán sus esenciales derechos innatos. Los viejos descansarán en paz porque podrán heredar su esperanza y sueños a quienes les siguen.

El pavimento quemará con las huellas del pueblo. Las banderas se alzarán ondeando victoriosas. Los jóvenes volverán a sus estudios. El resto a producir en sus trabajos. El pueblo alzará sus manos abiertas en señal de paz, de limpieza. Los fierros de las tanquetas se cubrirán de óxido. Las ideas renovadas, pulcras, libres se levantarán de entre los gases lacrimógenos.

mcardenas@elcomercio.org