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27 de June de 2011 00:03

El mes de abril de 1970 es un hito de trascendental importancia en mi vida por lo que suelo compartirlo con mis numerosos lectores del diario EL COMERCIO ya que en esa fecha se formalizó mi compromiso con el decano de la prensa capitalina para escribir un articulo semanal de variada índole, gracias a la generosa invitación personal que por aquel entonces me hiciera Don Jorge Mantilla Ortega, director en ejercicio del periódico.

El hecho ocurrió durante un almuerzo diplomático en el que nos correspondió sentarnos juntos en torno a bien dispuesta y elegante mesa, gratos compañeros y esplendido anfitrión.

Obvio es decir que la inesperada invitación fue aceptada de inmediato. La amistad con los hermanos Mantilla Ortega fue siempre estimulante, tanto por lo antigua como por lo amplia, pues no escatimaba manifestaciones de generosa confianza, pese a la diferencia de edades. Carlos había sido condiscípulo de mi padre en la por entonces recién fundada escuela de los hermanos cristianos en El Cebollar, regida por el santo Hermano Miguel. Jorge al igual que este servidor se sentía orgulloso de sus altos estudios universitarios con los jesuitas, él en Estados Unidos yo en Quito.

Desde entonces acometí con entusiasmo el fiel cumplimiento de la obligación semanal que me permite la continua comunicación con mis lectores sobre temas múltiples relacionados con ese misterioso contacto de toda persona con el mundo vinculando historia, geografía, sociología, literatura, arte y letras; pasado, presente y futuro. Cada semana es una toma de posición sobre los mil y un problemas que agitan a nuestra vida nacional, continental, planetaria. He tratado en cada artículo de ser lo más claro, gracias a la brevedad de las palabras utilizadas, que tienen un máximo determinado e inviolable. Y me he exigido la mayor dosis de espíritu constructivo: defender ante todo los derechos fundamentales; evitar críticas personalizadas felicitar los aciertos que constituyan beneficio social; señalar las orientaciones generales erróneas, como por ejemplo los regionalismos, las tergiversaciones del espíritu nacional, los defectos y aun vicios nacionales, etc.

Así se han ido reuniendo una tras otra las recopilaciones de recortes, verdadero vademécum de asuntos ecuatorianistas, que reunidos, se destacan en mi biblioteca. Cada semana voy seleccionando el tema, lo escribo en mi vieja computadora -o lo dicto a una de mis hijas, o algún nieto; debidamente impreso doy al artículo un último y severo vistazo de corrección y estilo y lo envío a la redacción de EL COMERCIO que lo acoge siempre con respeto a mi libertad de pensamiento y expresión. Saludo a todos mis lectores y agradezco como siempre, al diario EL COMERCIO por su acogida, de modo especial a la señora Guadalupe Mantilla de Acquaviva.