17 de January de 2010 00:00

No era esto

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Diego Pérez Ordóñez

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Digan lo que digan las encuestas y los gurús de la política, para mí está claro que estos tres años no fueron ni de lejos lo que se anunció con tanta pompa y ceremonia. No hay revolución. Y no hay, por ende, revolución ciudadana. Si la revolución – como escribió con agudeza Octavio Paz- es una subversión intelectual y pasional del orden establecido, estamos, por el contrario, frente a una reculada hacia el añejo orden nacionalista y enamorado del  recogimiento internacional.

No puede haber una revolución que mire al retrovisor de la historia y que quiera atrasarnos a los sueños autárquicos y aislacionistas de lejanas décadas pasadas. ¿Qué hay de revolucionario en asociar el nombre de Ecuador -a la larga un país relativamente democrático- al régimen libio, una de las dictaduras más duraderas y pintorescas de los tiempos recientes? ¿Dónde está lo revolucionario en afiliarnos con bombos y platillos al régimen iraní, conocido mundialmente por reprimir a sus propios ciudadanos? ¿Dónde está lo soberano, exactamente, de seguir a pie juntillas el modelo venezolano, de recibir políticas empacadas al vacío exportadas desde Caracas? ¿Revolución o regresión? ¿Revolución o retrocesión? ¿Revolución o retracción?

Y luego, claro, está el complejo tema de la ciudadanía. ¿Somos hoy, enero de 2010, más ciudadanos que hace poco tiempo? De ninguna manera. ¿Son los subsidios sinónimos de mejor ciudadanía? Peor todavía. No es mejor ciudadano el que duda dos o tres veces antes de pensar o de opinar por temor reverencial a la embestida del poder. No es mejor ciudadano el que corre el riesgo de ser vejado y ultrajado a los cuatro vientos, en cadenas nacionales, y con fondos públicos. No es mejor ciudadano el que no puede encontrar trabajo porque las condiciones del país no son precisamente los mejores: nadie nos presta plata porque somos los campeones de la dignidad nacional, nadie confía en nosotros porque los insultamos.

No es mejor ciudadano el que se ve obligado a vivir de la indulgencia estatal, porque nadie en sus cabales tiene el arrojo de invertir en  un país cuyas normas tributarias y laborales rompen los récords mundiales de volatilidad y de inestabilidad, una y otra vez. No es mejor ciudadano el que, por todo lo anterior, corre el riesgo inminente de que lo secuestren, de lo que acuchillen o de que lo cañoneen. No es mejor ciudadano el que no puede confiar siquiera en que haya luz eléctrica en pleno siglo XXI. A propósito, me pregunto si el socialismo del siglo XXI sigue en construcción… y si ya ha obtenido todos los permisos y autorizaciones. No era esto lo que esperábamos. No era esto, ni nada que se le parezca.

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